Cubagua (fragmento)Enrique Bernardo Núñez

Cubagua (fragmento)

"Los luengos canutos de cinco palmos y los atabales marcan un paso lento. Girando en torno de Nila, daban comienzo al areyto. Sus plumajes trazaban un arcoíris, Alaumoulu, penacho de Dios. El colibrí se desprende de la verde selva. Era una danza religiosa, de liturgias bárbaras. Su melancolía cobraba expresión en el semblante de Vocchi, la misma melancolía de ciertos bailes y canciones. Toda su vida está impregnada de esa nostalgia, pero no sabrían explicarla, acaso porque nunca pudieron volver a encontrarse. Nostalgia de la propia alma perdida. ¿No tiene también la Historia ese mismo carácter?
Cantaban historias de sus pasados. Erocomay era bella y fuerte. Reinaba entre mujeres. Todos los años en el tiempo de la cosecha venían a reunirse con ellas los mancebos más valerosos y diestros de otras tribus, y había danzas y juegos. Erocomay guiaba su tribu en la guerra y a las cacerías de monstruos que moraban en las cavernas y a la orilla de los ríos. Grande era su poder y su amor deseado y temido. Era como la noche que embriagaba dulcemente y como el alba que es también oscura en su iniciación. Los blancos a quienes dio hospitalidad la llevaban cautiva, pero ella pudo saltar en un corcel que el jinete había dejado según costumbre, mientras buscaba oro entre las cenizas. Huían asustadas las tropas de ciervos, de dantas, ante aquel tropel que las perseguía, y su manto bermejo flotaba en el bosque, en el cual comenzaba a brillar un rocío de lucciolas. Tal es la historia de Erocomay. Su alma es eterna y sus ojos permanecen abiertos en las selvas, en las serranías.
Vocchi tomó un cráneo y lo llenó con vino de palma. Hecha su libación, los demás bebieron. Leiziaga acercó también a sus labios los bordes de aquella copa. Danzaban y a cada momento bebían. Cada uno alzaba un cráneo y éste era el de un hombre blanco. Vocchi encendió después unas hojas retorcidas de tabaco. Sus ojos oscuros y tiernos se abrían a ratos y se posaban con deleite en el tumulto de la danza. De pronto las flautas desfallecieron. Ahora era el aire de una pastoral fúnebre. Los niños —refieren— han desaparecido; las doncellas también desaparecieron, y las fiestas. Creían que los astros iban también a morir, pero las resinas de los bosques se derramaban en la noche y el cielo resplandecía como siempre. Ellos llegaban tal como les había anunciado el viajero aquel que les enseñó a venerar la Cruz con la cual señalaban los caminos para ahuyentar a los demonios. Indiferentes a los hombres son las penas y las alegrías de los que han muerto. Por eso hay tanta piedad en recordarlos. Las fuentes lo saben, pues ellos aman los arroyos donde sus sombras se dibujan junto a la luciérnaga celeste. Se les ve salir de las grutas y subir a las montañas a contemplar los valles desiertos. Su sueño está poblado de imágenes que andan fugitivas hasta confundirse la una con la otra, de tal modo que no podrían distinguirse, y sentados bajo las copas cargadas de flores aguardan la hora en que Maguadarado, el racimo de mayas, se oculta.
En aquel tiempo pasaban hechos prodigiosos. La luna tenía siete halos trágicos. Los cemíes no acudían a la cita de los piaches. La llanura abría su ojo inmenso, amarilloso, al sentir aquel vértigo. Los barrancos estaban erizados de picas. Había hambre en la tierra. Por todas partes se escuchaban lamentos. El mar estaba rojo, rojo. Pero ahora hay otros signos. A la luz de los astros, los árboles de los caminos, mudos tanto tiempo, han dicho…
La danza se hizo vertiginosa. Comenzaban a tumbarse embriagados. En el delirio los cráneos rodaban por el suelo con un chasquido. Su anillo brillaba en los dedos de Vocchi como un punto de fuego. Sus ojos se cerraban. Entonces vio por última vez a Fray Dionisio, que arrodillado en un rincón, muy apartado, rezaba el Oficio matutino. Llamó a Nila, pero su voz volaba inútilmente.
El lucero del alba brillaba cual otra luna.
Ya Pedro Cálice trabajaba en su cuaderno de cuentas, ante una mesa en la cual se veían desperdicios de frutas, monedas y billetes de banco. Junto a él ardía en reverbero con el café montado. Al ver a Leiziaga, cerró el cuaderno marcando la página con un dedo.
—¿Ya estamos aquí? Todo el día lo esperamos ayer. La gente andaba intranquila.
—Imposible…
—Bueno, pregúntelo a su gente.
—Dígame primero. ¿Y Nila?
El rostro de Cálice se ensombreció. Su mirada se volvió turbia, lejana:
—Pero bien: ¿qué tengo yo qué hacer con Nila? ¿Acaso es hija mía? No es mi hija. Se llama así por un capricho o para tener más libertad en sus andanzas. Es decir, he llegado a creer que se trata de una venganza. ¿Pero no se ha fijado en el nombre de su goleta? La Tirana. Se llama así en honor suyo. Su verdadero nombre ya lo sabe usted. Muchas veces me ha dicho, es decir, me decía, porque ha estado ausente mucho tiempo, enseñándome ese valle: “¿Te acuerdas, Cálice?” Pero realmente yo de nada me acuerdo aquí como no sea de ella.
Vagamente Leiziaga recordó los cráneos en que había bebido. Cálice se quedó mirándolo con sorna y después se encogió de hombros:
—Cuando se muere lentamente, importa poco ver morir a los otros.
Se vieron en silencio. El mar se borraba. Un perro saltó y corrió aullando entre los breñales. Cálice continuó:
—Puede dormir en el cuarto de Fray Dionisio. Él se fue ayer, se fueron. En Cubagua es preciso cuidarse del aire y de las arañas cuyas picaduras producen vivos dolores.
—¡Qué vivas muchos años, Pedro Cálice!
Con paso vacilante, la cabeza aturdida, se encaminó Leiziaga a la habitación de Fray Dionisio. No veía el mar y no oía los ruidos furtivos en la arena. "



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