Caminos que andan (fragmento)Alberto Arvelo Torrealba

Caminos que andan (fragmento)

"Desde el puertecito de Torunos sobre el Santo Domingo, para Barinas, para Guanare, desde el de Guerrilandia sobre el Guanare y desde Payara para Acarigua y Araure, el destino de aquellas rutas era unir pueblos de variadas latitudes (El Real, Santa Inés, Santa Lucía, San Vicente, Bruzual, Nutrias, Puerto Nutrias, Apurito, Guasdualito, Arismendi, Guadarrama, El Pao, San Fernando de Apure, Rio Negro, Ciudad Bolívar). Caminos de vitalidad permanente para el Sur de Venezuela. Café, cacao, tabaco, manteca, añil, iban río abajo con el empuje del trabajo local, permutados, en el río arriba con medicinas, muebles, víveres y toda clase de mercancías.
Las contiendas civiles, la penuria de los gobiernos, que debieron dejar los álveos fluviales a su propia abandonada suerte, la quema sistemática del agro, la tala sin renuevos, desataron a corto plazo la respuesta trágica de la naturaleza ante el flagelo humano. Al remanso apacible siguieron -escombro de cascadas- las oscuras torrenteras, despeñadas por donde bajaban antes gárrulos manantiales. El don del agua honda para ser privilegio de cuatro o cinco meses. Para el resto el año, campean los playones adustos.
Tras la pérdida de varios vapores, lanchas y bongos en la aventura de remontar el Santo Domingo, el Guanare y otras vertientes, éstas terminaron por bloquear su propio camino, interferido por arenales y carameros. Desolación y silencio señorearon en los cauces antes fecundos, mientras la gente ribereña, espectadores pasivos del desastre, aislados, desarticulados, en cautiverio sin cárcel ni cadenas, huyeron unos y se entregaron otros a la condena inapelable del hambre y el paludismo.
Duro, aniquilante, el impacto de aquella inanición. Cerrado el camino del Río Negro se canceló con él el de la ambición trashumante. Mi padre, versado explotador de los cauchales del Sur, había emprendido ya tres o cuatro viajes a la manigua del Orinoco Equinoccial. (…..) Era la llamada, el mandato inexorable del embrujo cauchero.
Como válvula de escape de sus nostalgias y aficiones, mi padre volcó sobre mi niñez y adolescencia el mundo inquietante de sus relatos. El viejo Santo Domingo, caudaloso antes de irse la mitad de su volumen por el díscolo Caipe; la amplitud de los estuarios en las desembocaduras; los caimanes asoleando su hastío en los playones; los cerrados toldos formados por las alas del averío agreste; los manglares de alzada inverosímil por brujería del reflejo; la entrada al Orinoco, imponente. Después, fragoso zigzaguear de la piragua entre peñones de raudales y vertiginosos remolinos, asaltos de caucheros hostiles a los campamentos, corrida de chubascos, viajes de tres días en hamaca por regiones inundadas a hombros de cuatro indios. Duelos de machete o a plomo por deudas irrisorias. Viajes de 1200 kilómetros, 25 a caballo hasta Torunos y el resto sobre el río, y más adelante sobre los caños sombreados por el inmenso bosque. Pared, techo y piso de selva, porque la canoa es también un pedazo de selva.
En el retorno. Al rumbo otra vez río abajo hasta la boca del Apure. Luego aguas arriba, los paisajes cada vez más familiares del Masparro y del Santo Domingo.
Bajo ese influjo, navegante de las claucas vaguadas imaginativas, fui de todo corazón otro cauchero. A cien metros de mi casa natal, discurría el Santo Domingo. Sonajero en las noches de verano, atronador en las de invierno, no me desamparaba su incitación a la aventura ni su querella evocadora de días mejores. Con mis compañeros de escuela solía irme a una legua del lado arriba de Barinas. Entrábamos bullangueros en el bosque del río, cortábamos de 200 a 300 cañas bravas, las atábamos con lianas y echábamos al agua la rústica piragua. Nunca llegamos a colocar nuestra mercancía en el pueblo, por más que Salgari nos suplía generoso alta graduación marinera para los tripulantes. El Corsario Pico, llevaba la palanca; yo hacía de Armador, el Capitán Rubén de timonel; el grumete Chento, de depositario de utensilios. En el último naufragio lo vimos nadando desnudo y con sombrero, con un cuchillo entre los dientes.
“Mi libro sobre los ríos desamparados estaba en germen antes de obtener mi certificado de primaria superior, antes de amar a Garcilaso y a Góngora, a Lope, a Calderón y a Cervantes, yo había aprendido dos cosas fundamentales: a nadar con personal estilo y a dirigir una canoa entre la trama hostil de las carameras. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com