Carthage (fragmento)Joyce Carol Oates

Carthage (fragmento)

"Empezaron la mañana buscando a lo largo de las orillas del río Nautauga, en la zona en la que el joven Kincaid había aparcado su jeep. Era un trecho de río que frecuentaban los pescadores, un lugar pantanoso y también lleno de rocas; entre ellas había numerosas huellas de pies, muchas superpuestas e inundadas debido a las lluvias recientes. Los perros adiestrados comenzaron la búsqueda entre ladridos de entusiasmo una vez que les presentaron prendas de ropa de la joven, pero muy pronto perdieron el rastro, si es que existía, y se limitaron a gemir y a deambular sin rumbo. Después de recorrer kilómetros siguiendo el río, que se curvaba y retorcía a través de un paisaje sembrado de rocas, se decidió cambiar de estrategia, extendiendo la búsqueda más o menos en círculos concéntricos a partir de Sandhill Point. Algunos componentes de la partida de rescate ya habían buscado antes a excursionistas y a niños perdidos en la reserva y tenían un sistema particular de proceder, pero la estrategia de la policía del condado era no separarse demasiado, mantenerse a muy pocos metros unos de otros, aunque fuese difícil lograrlo allí donde la maleza se espesaba o los árboles estaban muy juntos, porque la idea era no pasar por alto lo que hubiera podido caer al suelo, así como ropa rasgada por los brezales o enganchada en el tronco de un árbol, cualquier señal de que la chica perdida había pasado por allí, un indicio crucial que pudiera salvarle la vida.
El padre escuchaba con aire tranquilo lo que le decían, las explicaciones que le daban. En cualquier reunión pública Zeno Mayfield se presentaba como la más razonable de las personas, como alguien en quien se podía confiar.
Había hecho carrera en la vida como un hombre que convencía a otros con su indefectible inteligencia y entusiasmo. Pero ahora no tenía ocasión de dar órdenes. En la reserva forestal se sentía dominado por la impotencia. Obligado a ir a pie y dependiente de su fortaleza física y no de su habitual sagacidad.
Se esforzaba por rechazar la pavorosa posibilidad de que a su hija le hubieran hecho daño. De que su hija estuviese malherida.
Tampoco quería pensar en que se hubiera caído en algún sitio, en que se hubiera roto una pierna, que estuviera inconsciente, incapaz de oír a quienes la llamaban, incapaz de responder. Trataba de rechazar que pudiera estar en algún lugar desde donde no pudiera oírlos, porque el río, de veloz corriente, el río que había crecido mucho después de las intensas lluvias de la semana precedente, la hubiese arrastrado los casi cincuenta kilómetros hacia el oeste donde el Nautauga desembocaba en el lago Ontario.
Durante la mañana se habían producido alarmas infundadas. Falsos avistamientos. Una mujer que estaba de acampada con una camisa roja se les quedó mirando cuando se acercaban. Y su acompañante, otra joven, que salió de la tienda de campaña, se mostró hostil y asustada durante un momento.
«Perdonen, ¿han visto ustedes a...?»
«... una chica de diecinueve años que parece más joven. Creemos que está en algún sitio por los alrededores...»
A primera hora de la tarde del domingo, cuando solo llevaban siete horas de búsqueda, el padre vio a su hija a menos de cien metros.
Estremecido como por una sacudida, gritó:
—¡Cressida!
Una carrera desesperada, insensata, pendiente abajo, mientras otros voluntarios se paraban en seco para mirarlo.
Algunos vieron lo mismo que Zeno Mayfield: en la otra orilla de un riachuelo de montaña, el lugar donde la joven se había caído o se había tumbado, exhausta, para dormir.
Abundantes gotas de sudor entraron en los ojos del padre, quemándole como ácido. Corrió torpemente pendiente abajo, con un dolor agudo entre los omóplatos y en las piernas. Parecía un desgarbado animal de gran tamaño que se alzaba, tambaleante, sobre las patas traseras.
—¡Cressida!
La hija yacía inmóvil al otro lado del riachuelo, oculta en parte por la maleza. Una de sus extremidades —una pierna o un brazo— estaba hundida en el agua. El padre gritó con voz ronca —«¡Cressida!»— sin poder creer que su hija estuviera herida o con algún hueso roto: tan solo dormida, esperándolo.
Otros voluntarios se acercaban ya, corriendo. El padre no les hizo el menor caso, decidido a llegar el primero junto a su hija, despertarla y abrazarla.
—¡Cressida! ¡Cariño! Soy yo...
Zeno Mayfield tenía cincuenta y tres años. No había corrido tanto desde hacía mucho tiempo. En otra época había sido un atleta; cuando estudiaba bachillerato, muchos años atrás. Ahora el corazón le golpeó dentro del pecho como un puño formidable. Un dolor agudo, una sucesión de dolores agudos más breves entre los omóplatos. Siguió corriendo, desesperado, como con la esperanza de escapar a aquel dolor como de flechas muy afiladas. Era un hombre alto, de pecho bien desarrollado y ancha espalda musculosa; el cabello todavía espeso, de color negro azabache, excepto en donde se entrelazaba con el gris; el rostro, enrojecido por el esfuerzo de las horas pasadas bajo el calor de los Adirondacks, se estaba quedando sin sangre, con manchas oscuras y aire enfermizo; el corazón le latía con tanta dificultad que parecía quitarle el oxígeno del cerebro; con aquel ritmo no podía respirar; no podía pensar de manera coherente; las piernas, demasiado torpes, apenas le permitían sostenerse en pie. Estaba pensando Se encuentra bien. A Cressida, por supuesto, no le pasa nada. Pero cuando llegó al riachuelo de montaña vio que lo que había en la otra orilla no era su hija sino el cadáver de una cierva; una cierva descompuesta en parte; un animal joven aún, la cabeza todavía hermosa, desprovista de astas, y con una parte del pecho cubierta de sangre, desgarrado por los carroñeros.
El padre gritó, horrorizado.
Una exclamación ahogada, como si le hubieran golpeado en el pecho.
Luego cayó de rodillas, consumida toda la fuerza de sus extremidades. "



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