Amistad de juventud (fragmento)Alice Munro

Amistad de juventud (fragmento)

"Mi madre no sabía quiénes eran los cameronianos ni por qué se les llamaba así. Alguna religión rara de Escocia, decía desde el pedestal de su obediente y despreocupado anglicanismo. La maestra siempre se hospedaba con los Grieves y mi madre estaba algo atemorizada ante la idea de ir a vivir en aquella casa de madera negra, con sus domingos paralizados, sus lámparas de parafina y sus ideas primitivas. Pero para entonces estaba prometida y quería trabajar en su ajuar en lugar de dar vueltas por la región divirtiéndose, y pensaba que podría ir a su casa un domingo de cada tres. (Los domingos, en casa de los Grieves, se podía encender un fuego para calentarse, pero no para cocinar, ni siquiera se podía poner a hervir el agua para hacer té, y se suponía que no se podía escribir cartas ni matar una mosca. Pero resultó que mi madre estaba libre de esas normas. «No, no —decía Flora Grieves, riéndose de ella—. Eso no te afecta a ti. Tú sigue haciendo lo que acostumbras hacer.» Y al poco mi madre se había hecho tan amiga de Flora que ni siquiera iba a su casa los domingos que tenía pensado ir.)
Flora y Ellie Grieves eran las dos hermanas que quedaban de la familia. Ellie estaba casada con un hombre llamado Robert Deal, que vivía allí y trabajaba la granja, la cual no había cambiado su nombre por el de Deal en la mente de nadie. Por la manera en que la gente hablaba, mi madre pensaba que las hermanas Grieves y Robert Deal debían de ser al menos de mediana edad, pero Ellie, la hermana más joven, solo tenía unos treinta años, y Flora era siete u ocho años mayor. Robert Deal podría estar en medio de las dos.
La casa estaba dividida de un modo sorprendente. El matrimonio no vivía con Flora. Cuando se casaron, ella les cedió el salón y el comedor, las habitaciones delanteras, la escalera y la cocina de invierno. No hubo necesidad de decidir sobre el cuarto de baño, porque no había. Flora tenía la cocina de verano, con sus cabrios abiertos y sus paredes de ladrillo descubierto, la antigua despensa convertida en un estrecho comedor y las dos habitaciones traseras, una de las cuales era la de mi madre. La maestra se alojaba con Flora, en la parte más pobre de la casa, pero a mi madre no le importó. Prefirió de inmediato a Flora y su jovialidad al silencio y la atmósfera de cuarto de enfermo de las habitaciones delanteras. En el territorio de Flora ni siquiera era cierto que todas las diversiones estuviesen prohibidas. Tenía un tablero de crokinole y enseñó a mi madre cómo se jugaba.
La división se hizo, desde luego, esperando que Robert y Ellie tuvieran familia y que necesitasen la habitación. Pero esto no había sucedido. Hacía más de una docena de años que se habían casado y ninguno de sus hijos sobrevivió. Una y otra vez, Ellie se había quedado embarazada, pero dos bebés nacieron muertos y el resto fueron abortos. Durante el primer año de estancia de mi madre, Ellie parecía guardar cama más a menudo, y mi madre pensó que debía de estar embarazada de nuevo, pero nada se dijo al respecto. Una gente así no lo mencionaría. No se podía saber por el aspecto de Ellie cuando se levantaba y paseaba, porque mostraba una figura ancha y estropeada, aunque de pecho caído. Olía a lecho de enfermo y, igual que un niño, se impacientaba por todo. Flora la cuidaba y hacía todo el trabajo. Lavaba la ropa, arreglaba las habitaciones y preparaba la comida que se servía a ambos lados de la casa, además de ayudar a Robert a ordeñar y desnatar. Se levantaba antes del amanecer y nunca parecía cansarse. Durante la primera primavera que mi madre estuvo allí se emprendió una limpieza a fondo de la casa. Flora se subió sola a las escaleras, bajó las contraventanas, las limpió y las guardó, llevó todo el mobiliario de una habitación a otra para poder restregar el enmaderado y barnizar los suelos. Lavó todos los platos y los vasos que había en los aparadores, supuestamente limpios. Escaldó todos los potes y las cucharas. La poseían tal urgencia y energía que apenas podía dormir: a mi madre la despertaba el sonido de los tubos de la chimenea cuando los desmontaba o el de la escoba envuelta en un paño de cocina, con la que golpeaba las ahumadas telarañas. A través de las limpias ventanas sin cortinas entraba un torrente de luz despiadada. La limpieza era arrolladora. Entonces mi madre dormía en sábanas que habían sido blanqueadas y almidonadas y que le provocaron una erupción. Ellie, enferma, se quejaba cada día del olor del barniz y de los polvos de limpiar. Las manos de Flora estaban ásperas, pero su disposición seguía siendo excelente. El pañuelo, el delantal y los holgados pantalones de trabajo de Robert le daban el aire de un cómico, deportivo, impredecible.
Mi madre la llamaba derviche danzante. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com