El crimen de Lord Arthur Saville (fragmento)Oscar Wilde

El crimen de Lord Arthur Saville (fragmento)

"Las sensaciones de cruel angustia pasadas la noche anterior, ya habían desaparecido por completo, y era casi con un sentimiento de vergüenza que recordaba aquel vagar por las calles, y la ansiedad emocional que le tuvo atenazado. La misma sinceridad de su sufrimiento hizo que todo le pareciese ahora irreal. Se preguntaba cómo pudo haber sido tan tonto de disparatar y sentirse tan fuera de sí por lo que era inevitable. Lo único que todavía le perturbaba era el ignorar quién iba a desaparecer, y no era tan ingenuo como para no saber que el crimen, al igual que las religiones del mundo pagano, exigen una víctima y un sacerdote para el sacrificio. £1, puesto que no era un genio, no tenía enemigos, y además se daba cuenta de que éste no era el momento para satisfacer un rencor o una antipatía, ya que la misión en que estaba comprometido era de una grande y profunda solemnidad. Así pues, formó una lista con los nombres de sus amigos y parientes, en la hoja de un cuaderno de apuntes, y habiéndola examinado detenidamente, decidió en favor de lady Clementina Beauchamp, una anciana encantadora que vivía en la calle Curzon, prima segunda por parte de su madre. Siempre tuvo un gran afecto hacia lady Clem, como la llamaban todos; además él, por su parte, era muy rico, pues al llegar a su mayoría de edad, entró en posesión de la fortuna heredada de lord Rugby, y teniendo esto en cuenta, a nadie le sería posible imaginar que él iba a obtener por la muerte de ella alguna vulgar ventaja pecuniaria. En verdad, mientras más lo pensaba, más le parecía ser la persona indicada. Su conciencia le estaba diciendo que cualquier demora significaba una injusticia hacia Sybil. Entonces se decidió a arreglarlo todo en seguida.
Lo primero que debía hacer era, por supuesto, saldar cuentas con el quiromántico. Inmediatamente se sentó frente a un pequeño escritorio estilo Sharaton que estaba junto al ventanal, y extendió un cheque por ciento cinco libras, pagadero a la orden de mister Septimus Podgers, y poniéndolo dentro de un sobre ordenó a su sirviente que lo llevase a la calle West Moon. Entonces telefoneó a sus cocheras para que le enganchasen el hansom, y se vistió para salir. Al abandonar la habitación se volvió a mirar la fotografía de Sybil Merton y juró, pasase lo que pasase, que nunca le dejaría saber lo que hacía por su bien, sino que mantendría siempre en su corazón el secreto de su sacrificio.
Camino al club Buckingham, se detuvo en una florería, y le envió a Sybil, una cestilla con preciosos narcisos de pétalos blancos y pistilos que parecían ojos de faisán. Al llegar al club, se dirigió en seguida a la biblioteca y tocando el timbre, pidió al mozo que le trajese una limonada y un libro sobre toxicología. Había llegado a la conclusión de que era la mejor forma de llevar a cabo aquel enojoso asunto. Cualquier otra forma en que entrase la violencia personal le resultaba de pésimo gusto; además, le importaba sobremanera no matar a lady Clementina en forma que pudiese atraer la atención pública. Le horrorizaba la idea de convertirse en la principal atracción de las reuniones de lady Windermere, o ver figurar su nombre en las columnas de sociedad, de cualquier periódico vulgar. También debía pensar en el padre la madre de Sybil, que eran gente bastante anticuada, y quizá podrían poner objeciones al matrimonio si hubiese alguna sombra de escándalo sobre él, aunque se sentía seguro de que si les contaba todas las circunstancias del asunto, serían los primeros en darse cuenta de los motivos que le habían impulsado a hacerlo. Le asistía toda la razón para decidirse por el veneno. Era lo más seguro y lo más cauto, se realizaba en silencio, y se llevaba a cabo sin necesidad de escenas penosas, a las que, como la mayoría de los ingleses, oponía profundos, grandes reparos.
De la ciencia de los venenos, sin embargo, no conocía absolutamente nada, y como le pareció que al mozo no le era posible encontrar nada sobre este asunto en la biblioteca, más allá de la Guía Ruff, y la revista Baily, comenzó a buscar por sí mismo en los anaqueles, y por fin dio con una edición de la Pharmacopaeia, lujosamente encuadernada, y un ejemplar de la Toxicología de Erskine, editada por sir Mathew Reid, que era presidente del Colegio Real de Medicina, y uno de los más antiguos socios del club Buckingham, y que había sido elegido, por equivocación, en lugar de otro individuo; un contretemps que enfureció de tal manera al Comité, que cuando se presentó el verdadero propietario a ocupar su lugar, fue puesto en la lista negra por unanimidad. Lord Arthur se sentía un poco confuso por los términos técnicos que aparecían en los dos libros, y comenzó a lamentar el no haber puesto mayor atención en el estudio de sus clásicos en Oxford, cuando en el segundo tomo de Erskine se encontró con una muy interesante y completa descripción sobre las propiedades de la aconitina, escrita en un inglés bastante claro. Le pareció que era exactamente la clase de veneno que necesitaba. Era rápido, sin lugar a dudas, casi inmediato en sus efectos; no producía dolor, y cuando se ingería en forma de una cápsula de gelatina, lo más recomendado por sir Mathew, no tenía nada de sabor desagradable. Desde luego anotó en el puño de su camisa la cantidad que era necesaria para una dosis fatal, y volviendo a dejar los libros en su sitio, abandonó el club dirigiéndose hacia arriba de la calle St. James, al establecimiento de Pestle y Humbey, los famosos químicos. Mister Pestle, que siempre atendía personalmente a la aristocracia, se mostró bastante sorprendido ante su cliente, y con una actitud muy cortés y deferente, murmuró algo acerca de la necesidad de presentar una receta médica. No obstante, cuando lord Arthur le explicó que lo que solicitaba era para ser usado en un gran mastín noruego del que tenía que deshacerse porque presentaba ciertas manifestaciones de rabia y que ya había mordido dos veces a su cochero en la pantorrilla, se mostró completamente satisfecho, y felicitó a lord Arthur por sus maravillosos conocimientos en materia de toxicología. "



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