Adoecer (fragmento)Hélia Correia

Adoecer (fragmento)

"Había algo irritante en torno a una modestia que se desmentía a sí misma y resultaba humillante. De algún modo, en el viaje a Manchester Lizzie había revelado su verdadera naturaleza. No se trataba de una estudiante que hubiera accedido a la Escuela de Arte por la puerta trasera. Para figurar en aquella Exposición debió aplicar con entereza todo lo que había aprendido en su estancia parisina. Llevaba un caballete de crinolina como sus colegas. No obstante, el suyo podía distinguirse claramente. Su falda realzaba los dones reproductivos de una mujer y al unísono le restaba autonomía para las más pequeñas cuitas. Su cerebro percibía el obstáculo y se adecuaba grácilmente, obligando a su cuerpo a actuar con un atento tacto más propio de la senectud. Aquel ocultamiento recóndito devenía en contrapartida en cálido erotismo. Quizás fuera ésa la razón principal de su éxito, lo que no era más que un paso atrás. Había otras mujeres. Elizabeth Barrett Browning, que vivía con Robert en Florencia, sufriendo el hostigamiento de los terribles estíos florentinos, al igual que la gelidez ocasionada a las extremidades por los vestidos mediterráneos.
[...]
Lizzie arrastró a Annie lejos del conjunto escultórico en torno al cual se habían detenido los estudiantes de Sheffield. Una escena de musculosas amazonas intimidaba y deslumbraba a los visitantes. En la galería colindante, tras las esbeltas columnas podían encontrarse aquellos lienzos de Turner que John Ruskin amaba más que a nada en el mundo. Lizzie era consciente de la brecha que había entre ellas. Y a pesar del malestar que la invadía, miró con atención las pinturas, percibiendo con delectación el agrado que sentía al contemplarlas. Su mano derecha estirada hacia atrás impedía que Annie viera nada. Entre cuadros al óleo y acuarelas habría más de un centenar de obras de Turner expuestas. Lizzie se inclinaba con frecuencia para leer las notas informativas. La suavidad de la crinolina era todo un lenitivo en medio de aquella desesperación. Annie acabó por soltarse para componer un mechón rebelde que pugnaba por su libertad. Los visitantes que se aproximaban, al observar el pelo de Lizzie Siddal y a causa de la impresión pictórica, dudaban de su adecuada orientación. Charles Howell, en cambio, no dudó y atravesó el un tanto angosto y borroso espacio. Se inclinó sobre ella y en su voz se notaba una ardiente intensidad que previno a Lizzie contra el hombre que anhelaba formar parte de su vida. "



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