Charles Dickens y su mundo (fragmento)John Boynton Priestley

Charles Dickens y su mundo (fragmento)

"Georgina Hogarth era ahora un miembro más en el hogar de los Dickens. Se había hecho cargo de los niños —que la adoraban— mientras sus padres estaban en América, y acaso fueran los niños quienes insistieron en que la «tía Georgy» se quedara a vivir con ellos. Tenía aproximadamente la misma edad que Mary Hogarth al morir y se parecía mucho a ella. Esto probablemente ayudó a Dickens a liberarse de las ataduras sentimentales que le habían mantenido unido a su difunta cuñada. Kate, que en ocasiones se mostraba muy celosa, no puso ningún reparo a que Georgina fuera a vivir con ellos, aunque más tarde se quejó de que le había quitado las riendas de la casa.
Después de la separación matrimonial de los Dickens, como veremos más adelante, Georgina se quedó a vivir con Charles para seguir ocupándose de la familia y del gobierno de la casa. Esto causó no poco escándalo, si bien no hay prueba alguna de que existiera una relación sexual entre Dickens y su cuñada. De hecho, tanto antes como después de la muerte de Dickens, Georgina tuvo mucha amistad con Ellen Ternan, la amante de Dickens. Habiéndose criado con el matrimonio Dickens y sus hijos, tratándose de una muchacha lista y eficiente, todo lo contrario de su hermana Kate, que era torpe e incompetente, y siendo la persona de quien dependían todos los niños, parecía lo más natural que Georgina se quedara a vivir con ellos. Dado que era una joven extremadamente capaz y responsable, el inquieto Dickens podía ausentarse de su hogar con toda tranquilidad.
La villa de Albaro no era lo que esperaban, y a los tres meses se mudaron al magnífico Palazzo Peschiere, emplazado en la misma Génova. Dickens estaba entusiasmado con el resplandeciente sol, el colorido, la animación del lugar y la cálida personalidad de los italianos, pero le resultaba difícil trabajar en Génova debido al incesante repiqueteo de campanas. Echaba de menos sus largas caminatas nocturnas por Londres, que le proporcionaban ideas útiles para sus obras. Pasó algunos meses sin escribir nada, hasta que un día precisamente las campanas de Génova le sugirieron un posible cuento de Navidad, para 1844, que se titularía Las campanas. Ideó una historia en la que se ponía de relieve el contraste entre la figura de un humilde portero y las frías teorías de los economistas, y en otoño emprendió la tarea lleno de entusiasmo.
Entre tanto se había producido una curiosa situación. Un vecino suyo, un banquero suizo llamado De la Rue, estaba casado con una inglesa que padecía trastornos nerviosos y pesadillas. Dickens descubrió que era capaz de proporcionar cierto alivio a la señora De la Rue por medio de la hipnosis, por lo cual era llamado a todas horas, a menudo en plena noche, para disipar las pesadillas y angustias de dicha señora. El se tomaba todo aquello muy en serio, y esto inquietaba a Kate profundamente, ya que no creía en los poderes hipnóticos de su marido ni se fiaba de la señora De la Rue —aunque sí confiaba en el banquero suizo— y veía en esas visitas nocturnas el inicio de una relación sentimental. Es probable que la señora De la Rue estuviera más que medio enamorada de Dickens, pero éste se entregaba a tan singulares prácticas como hipnotizador y curandero, no como hombre y amante.
En cuanto hubo terminado de escribir Las campanas, Dickens decidió dar una lectura de la obra para sus amigos en Londres, a primeros de diciembre. Pero en vez de dirigirse directamente a Londres, hizo una breve visita al norte de Italia y se detuvo en Venecia, donde se sintió cautivado por la belleza del lugar y horrorizado por las viejas mazmorras y cámaras de tortura. La lectura de la obra, que tuvo lugar en casa de Forster ante un reducido grupo compuesto sólo por hombres, alcanzó tal éxito que Dickens decidió repetir la experiencia unas noches más tarde, lo que sin duda marcó el comienzo de las lecturas públicas que posteriormente acostumbraría hacer el escritor. Ya hemos señalado antes que Dickens poseía grandes dotes como actor y que le entusiasmaba la respuesta directa que obtenía del público. La atención de los oyentes, las risas y las lágrimas, el aplauso, la emoción, todo ello le ayudaba a olvidar durante un rato su inquietud y tristeza, su sensación de que «le faltaba algo».
Regresó a Génova para pasar las Navidades con su familia. Las noticias de la acogida que había tenido la edición de Las campanas eran muy alentadoras, pues se habían llegado a vender veinte mil ejemplares, lo que le reportaría unas 1.500 libras. Más adelante viajó con Kate a Pisa, Liorna, Siena y Roma, para bajar luego hasta Nápoles, donde Georgy, que había llegado por vía marítima, se reunió con ellos. Regresaron a Roma para pasar la semana santa, y allí se presentaron los De la Rue, pues la esposa requería urgentemente más sesiones de hipnotismo. De regreso a Génova el grupo, que ahora incluía a los De la Rue, permaneció en Florencia, donde lord y lady Holland ofrecieron una recepción en su casa para que los residentes ingleses, entre los que se contaba la señora Trollope (escritora y madre del novelista del mismo nombre), tuvieran oportunidad de encontrarse con Dickens. De vuelta a Génova, Kate ya no se hablaba con los De la Rue, y Dickens, por primera vez, aunque no sería la última, tuvo que fingir que su esposa padecía graves trastornos nerviosos.
Dickens preparaba sus Cuadros de Italia, que serían publicados por Bradbury y Evans, con ilustraciones de Samuel Palmer. No hay en esos apuntes de viajes el menor atisbo del singular genio de Dickens. No era la persona indicada para escribir acerca de Italia. Poseía escasa sensibilidad para las artes; su sentido del pasado era endeble; carecía de los conocimientos básicos para apreciar plenamente todo cuanto vio en sus viajes por Italia. Otros hombres menos dotados para la literatura han escrito libros infinitamente mejores sobre el tema. Los Cuadros de Italia no son más que mero periodismo victoriano. Las dotes de observación de Dickens eran extraordinarias, cierto; pero debían estar al servicio de su imaginación altamente creativa para aportar multitud de impresionantes y verosímiles detalles al mundo único de sus narraciones. La tarea de escribir un libro de viajes —y particularmente sobre un país como Italia, tan rico en arte e historia— era algo para lo que él no estaba capacitado. "



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