El caballero y la muerte (fragmento)Leonardo Sciascia

El caballero y la muerte (fragmento)

"Se marchó de la casa de los Zorni con una sensación de aturdimiento. El esfuerzo que le había costado extraer respuestas precisas de un parloteo que podía compararse con la fuente de Trevi —cascadas, cascadillas, velos de agua, chorros—, había supuesto mucha tensión y luego fatiga, aturdimiento. También el dolor estaba como aturdido, menos agudo pero más sordo y difuso. Es curioso que el dolor físico, aunque obedezca a una causa estable y, quizá peor aún, inmutable, pueda atenuarse o aumentar, cambiar de intensidad y calidad según las ocasiones y los encuentros.
Paseó por los soportales de la plaza pensando en aquella nota, en aquellas frases que parecían versos de una canción; en la señora Zorni, bellísima, joven, en la armoniosa ondulación de su cuerpo: pero cuánto más bella, más deseable —durante aquellos relámpagos de deseo que de pronto atravesaban el dolor— era la señora De Matis, con sus cincuenta años.
Le gustaban los soportales, deambular por ellos. En la isla en que había nacido los había en todas las ciudades. Los arcos realzan la belleza del cielo, como dice el poeta. ¿Los soportales realzan la civilización de las ciudades? Y no era que no amase la tierra en que había nacido, pero todas las noticias, dolorosas, trágicas, que se publicaban cada día sobre ella, le provocaban una especie de rencor.
Como hacía años que no había vuelto, no la buscaba en esos sucesos, sino más allá, en la memoria, en el sentimiento de algo que ya había dejado de existir. Ilusión, mistificación: la del emigrante, la del expatriado.
Tenía que desobedecer hasta el final. Se había arriesgado con la señora Zorni, y tarde o temprano se notarían los efectos. Al evitar la recomendación de que guardara el secreto, recomendación que siempre provoca la necesidad incontenible de no guardarlo, y sobre todo en alguien como ella, había hecho todo lo posible para hacerle creer que se trataba de una investigación puramente formal, superflua e incluso fastidiosa para quien tenía que realizarla. Pero era imposible que la memoria de esa mujer fuese tan débil como para olvidarlo y que, no habiéndolo olvidado, resistiese al placer de comentarlo con una, dos o tres amigas; y que, de amiga en amiga, la noticia llegara al Presidente, y del Presidente al Jefe o al que estaba por encima, muy por encima, del Jefe. Con la señora De Matis no, no había ningún peligro: entre ellos hubo una simpatía inmediata, casi una complicidad.
Lo que había oído acerca del intercambio de notas lo había conducido a una pregunta.
Que tenía que hacerle a alguien capaz de proporcionar una respuesta segura.
Agencia de viajes Kublai.: del doctor Giovanni Rieti; nunca había sabido en qué era doctor. Un viejo conocido, quizás hasta podía hablarse de amistad, por la historia tan humana que la había originado. Empezaba con sus padres, en 1939: el padre del Vice era funcionario del Registro Civil en el pueblecito siciliano en el que el padre del doctor Rieti, judío, había nacido por casualidad. El señor Rieti había llegado a toda prisa desde Roma, desesperado, para ver si en el ayuntamiento, en su acta de nacimiento, había algún dato que pudiera utilizarse para probar que realmente no era judío. Y como ese dato no existía, lo crearon: el funcionario del Registro Civil, el alcalde, el arcipreste, los guardias municipales.
Todos ellos fascistas con carnet en el bolsillo y distintivo en el ojal; y el arcipreste, que no tenía carnet ni distintivo, lo era de alma. Pero todos pensaron que no podía abandonarse al señor Rieti, a su familia, a sus hijos, frente a esa ley que buscaba su destrucción.
De modo que fabricaron, literalmente, documentos falsos porque para ellos que un hombre fuera judío no significaba nada, si corría peligro, si estaba desesperado, si se encontraba frente a un riesgo grave. (¡Qué gran país había sido, y quizás aún lo fuese, Italia en esas cosas!) En su familia no había vuelto a saberse nada de la familia Rieti, y aunque recordase el episodio entre los que, por haberse producido durante los diez primeros años de su vida, habían dejado una impronta en ella, el nombre en cambio no había quedado en su memoria.
Pero una noche, en la ciudad en la que desde hacía años residía, en una fiesta que daban en la prefectura, le habían presentado a un doctor Rieti quien, al oír su nombre, le había preguntado si era siciliano, y si era de aquel pueblo, y si era pariente de aquel funcionario del Registro Civil. Había sido una especie de reencuentro. "



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