El cuento más hermoso del mundo (fragmento)Rudyard Kipling

El cuento más hermoso del mundo (fragmento)

"Imagínense a las puertas de los tesoros del mundo, guardados por un niño -un niño irresponsable y holgazán jugando a las tabas- de cuyo favor depende que se conceda la llave, y comprenderán una parte de mi tormento. Hasta aquella tarde Charlie no había hablado de nada que no se correspondiera con las experiencias de un galeote griego. Pero ahora, a no ser que los libros no sean ciertos, había hablado de alguna aventura desesperada de los vikingos, del viaje de Thorfin Karlsefne a Vinland, que es América, en los siglos noveno o décimo. Había visto la batalla en el puerto, y había descrito su propia muerte. Pero esta otra inmersión en el pasado era mucho más sorprendente. ¿Era posible que se hubiera saltado media docena de vidas y estuviera ahora, débilmente, recordando algún episodio sucedido mil años después? Era un enredo desesperante, y lo peor de todo era que Charlie Mears, en su estado normal, era la última persona en el mundo que podía desentrañarlo. Sólo me quedaba esperar y observar, pero me fui a la cama aquella noche lleno de las imaginaciones más salvajes. No había nada imposible si la detestable memoria de Charlie se mantenía en buen estado.
Yo podría reescribir la saga de Thorfin Karlsefne como nunca la habían escrito antes, podría contar la historia del primer descubrimiento de América, siendo yo mismo el descubridor. Pero estaba totalmente a merced de Charlie, y mientras hubiera un clásico de la literatura a su alcance, Charlie no hablaría. No me atreví a maldecirlo abiertamente, apenas me atrevía a estimular su memoria, puesto que estaba tratando con experiencias de hace mil años, narradas por la boca de un muchacho de hoy en día; y a un muchacho de hoy en día le afecta cada cambio de tono y giro de opinión, de modo que miente aunque desee decir la verdad.
No volví a verlo durante casi una semana. La siguiente vez que me lo encontré estaba en Gracechurch Street con una chequera encadenada a la cintura. Tenía que cruzar el Puente de Londres por una cuestión de negocios y lo acompañé. Estaba muy orgulloso de la importancia de esa chequera y la magnificaba. Mientras cruzábamos el Támesis, nos detuvimos para mirar un vapor que descargaba grandes losas de mármol blanco y marrón. Una barcaza pasó bajo la popa del vapor con una vaca solitaria que mugió. El rostro de Charlie cambió, de ser la cara de un empleado de banco a la de un hombre desconocido y -aunque él no lo hubiera creído- más astuto. "



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