Cubridle el rostro (fragmento)P.D. James

Cubridle el rostro (fragmento)

"Martha no contestó. No había, efectivamente, nada que decir. Si Sally Jupp realmente había sido asesinada por ese motivo, el círculo de sospechosos no era muy grande. Dalgliesh comenzó a hacerle repasar con tediosa meticulosidad los acontecimientos de la tarde y la noche del sábado. Poco podía decir de la kermés. Aparentemente no había participado en ella, salvo una vuelta por el jardín antes de darle al señor Maxie su cena y acomodarlo para la noche. Cuando volvió a la cocina, era evidente que Sally le había dado a Jimmy su té y le había llevado arriba para bañarlo porque el cochecito estaba en el fregadero y la bandeja y la taza del niño estaban en la pileta. La muchacha no apareció y Martha no había perdido el tiempo en buscarla. La familia se había servido sola la cena que era comida fría, y la señora Maxie no la había hecho venir. Después la señora Riscoe y el señor Hearne habían ido a la cocina para ayudar a lavar los platos. No preguntaron si Sally había vuelto. Nadie la mencionó. Hablaron más que nada de la kermés. El señor Hearne se había reído y bromeado con la señora Riscoe mientras lavaban. Era un señor muy divertido. No habían ayudado a preparar las bebidas calientes. Eso se hacía más tarde. La lata de chocolate estaba en un aparador con las demás provisiones. Y ni la señora Riscoe ni el señor Hearne se habían acercado al aparador. Ella se había quedado en la cocina todo el tiempo que estuvieron allí.
Cuando se fueron vio la televisión durante media hora. No, no se había preocupado por Sally. La chica volvería cuando le viniera en gana. A eso de las nueve menos cinco Martha había puesto una cacerola con leche a calentar despacio al lado de la cocina. Esto se hacía en Martingale la mayoría de las noches para que ella pudiera acostarse temprano. Había colocado las tazas en una bandeja. Había tazas grandes y platillos dispuestos para cualquier huésped que quisiera una bebida caliente por la noche. Sally sabía muy bien que la taza azul pertenecía a la señora Riscoe. Todos en Martingale lo sabían. Después de ocuparse de la leche caliente, Martha se acostó. Estaba en la cama antes de las diez y media y no había escuchado nada anormal en toda la noche. Por la mañana había ido a despertar a Sally y había encontrado la puerta cerrada. Fue a decírselo a la señora. El resto él ya lo sabía.
Llevó más de cuarenta minutos extraer esta información nada notable, pero Dalgliesh no mostró ningún signo de impaciencia. Ahora llegaron al hallazgo en sí mismo del cuerpo. Era importante descubrir hasta qué punto el relato de Martha coincidía con el de Catherine Bowers. Si coincidía, entonces al menos una de sus teorías provisionales podía resultar acertada. El relato coincidió. Pacientemente siguió adelante y preguntó por el Sommeil faltante. Pero aquí tuvo menos éxito. Martha Bultitaft no creía que Sally hubiese encontrado comprimidos en la cama de su amo.
—A Sally le gustaba hacer creer que se ocupaba del amo. A veces hacía un turno por la noche si la señora estaba muy cansada. Pero a él no le gustaba que estuviera con él nadie que no fuera yo. Me encargo de todas las tareas pesadas. Si hubo algo escondido en la cama yo lo habría encontrado.
Había sido su discurso más extenso. Dalgliesh sintió que había en ella convencimiento. Finalmente le preguntó por la lata de chocolate vacía. Aquí, de nuevo, habló tranquilamente pero con una certeza serena. Había encontrado la lata vacía sobre la mesa de la cocina cuando bajó a preparar el té por la mañana temprano. Había quemado el papel de adentro, lavado la lata, y luego la había dejado en el cubo de basura. ¿Por qué la había lavado antes? Porque a la señora no le gustaba que se echaran al cubo latas pegajosas o grasosas. La de chocolate no estaba grasosa, naturalmente, pero eso no importaba. En Martingale se lavaban todas las latas usadas. ¿Y por qué había quemado el papel de dentro? Bueno, no podía limpiar el interior de la lata con el forro dentro, ¿no es cierto? La lata estaba vacía, de modo que la enjuagó y la tiró. Su tono sugería que ninguna persona razonable podría haber hecho otra cosa.
Realmente, Dalgliesh no veía cómo su historia podía ser eficazmente puesta en tela de juicio. Se le cayó el alma a los pies ante la idea de interrogar a la señora Maxie sobre el método habitual de disponer de las latas usadas de la familia. Pero, una vez más, sospechó que Martha había sido aleccionada. Estaba empezando a ver el esbozo de una trama. La infinita paciencia de la última hora bien había valido la pena. "



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