De la vida de un inútil (fragmento)Joseph von Eichendorff

De la vida de un inútil (fragmento)

"El viejo, mientras tanto, había iluminado todos los costados del carruaje y gruñó negando con la cabeza al no encontrar ninguna maleta u otro utensilio de viaje. El cochero, sin tan siquiera pedirme propina, condujo el coche hasta un cobertizo habilitado para ello. La vieja me pidió que la siguiera utilizando todo tipo de señas. Con sus dos velas me guió por un largo y estrechísimo pasillo, después subimos una escalera de piedra. Cuando pasamos ante la cocina, algunas criadas jóvenes sacaron sus cabezas por la puerta entornada y me miraron extrañadas, haciéndose señas entre ellas como si en su vida hubieran visto un hombre. Una vez arriba, la vieja abrió una puerta y me quedé atónito. Se trataba de una gran habitación preciosa y señorial. El techo estaba decorado con ornamentos dorados y de las paredes colgaban hermosos tapices con todo tipo de figuras y grandes flores. En el centro de la habitación vi una mesa puesta y mi corazón dio un vuelco de alegría: había asado, tarta, ensalada, fruta, vino y dulces. Entre las dos ventanas colgaba un enorme espejo que llegaba del techo al suelo.
Tengo que decir que todo esto me satisfizo mucho. Me estiré un par de veces e iba de un lado para otro a grandes pasos. No pude resistir mirarme por lo menos una vez en el gran espejo, y observé que la ropa nueva que me dejó don Leonhard me sentaba estupendamente. Además, desde que estaba en Italia, la mirada de mis ojos había adquirido cierta chispa. Por lo demás no había cambiado gran cosa, seguía siendo el mismo barbilampiño de cuando estaba en mi casa, con un poquito de vello en el labio superior.
La vieja, entretanto, movía su boca desdentada de tal forma que parecía morderse la punta de su larga nariz. Finalmente me obligó a sentarme, me acarició la barbilla con sus largos dedos, diciéndome poverino (pobrecito), me miró con ojos picaros mientras su cara se convertía en una mueca y, dedicándome una gran reverencia, desapareció por la puerta.
Me estaba sentando a la mesa cuando entró a servirme una atractiva muchacha. Inicié alguna conversación galante, pero ella no me entendió. Se limitaba a mirarme de reojo admirando mi buen apetito. La comida estaba buenísima. Cuando no quise comer más y me levanté, ella cogió una lámpara de la mesa y me condujo a otra estancia. Allí había un sofá, un espejito y una enorme cama con cortinas verdes de seda. Mediante señas le pregunté si era para mí. Afirmó que «sí» con la cabeza, pero me pareció imposible porque ella se quedó allí clavada. Decidí volver de nuevo al comedor para servirme un gran vaso de vino. Le dije:
—Felicíssima notte!— porque ya había aprendido un poco de italiano. Cuando me vio beber el vaso de un trago se echó a reír, se sonrojó y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. "



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