Aké (fragmento)Wole Soyinka

Aké (fragmento)

"Todo el mundo gritó al mismo tiempo:
—¡Estáte quieto, Wole! ¡No te muevas!
Repetí mi pregunta, advirtiendo ahora que no me estaba muriendo, pero preguntándome si estaría obligado a convertirme en un mendigo como los ciegos que llegaban a veces a la vicaría, de la mano de un niño, a veces no mayor que yo. Se me ocurrió entonces que nunca había visto a un niño que llevara de la mano a otro niño ciego.
Alguien preguntó:
—¿Dónde está ese Osiki?
Pero Osiki había desaparecido. Osiki, cuando yo caí herido, había seguido corriendo en la misma dirección que llevaba en aquel momento. Yo estaba seguro de que había corrido a una velocidad superior incluso a la fenomenal suya de siempre. Algunos de los chicos mayores habían tratado de atraparlo (yo no sabía por qué), pero Osiki los superaba en cuanto a correr rápido como el viento. Podía verlo, y aquella visión me llevó una sonrisa a la cara. También me hizo abrir el ojo herido y, para gran sorpresa mía, podía ver con él. Se escucharon grandes respingos de las caras preocupadas, que ahora se iban apretando a mi lado para ver por sí mismas. La piel estaba cortada hasta el rabillo del ojo, pero el ojo en sí estaba ileso. Incluso la hemorragia parecía haber parado. Oí que un profesor murmuraba: «¡Imposible!», mientras que otro exclamaba: «¡Olorun ku ise!» [¡Alabado sea Dios!]. Mi padre se limitó a dar un paso atrás y quedarse contemplándome, con la boca abierta en un gesto de incredulidad.
Y entonces me sentí muy cansado, pareció que una neblina me tapaba los ojos y me dormí.
Yo no podía subir solo la escalera, pero ya sabía dónde estaba. Me bastaba con seguir el ruido de los pies para saber a dónde ir cada vez que el ruido de un acontecimiento llegaba a la casa desde Aké. Era una escalera de hierro y a veces había cuatro o cinco personas de la casa que se subían a ella al mismo tiempo a mirar y hacían comentarios sobre el acontecimiento. No hacían caso de mis esfuerzos por subir a la escalera con ellos, pues decían que era peligroso.
Entonces, un día, Joseph se apiadó, me subió a hombros y así fue como eché mi primera mirada por encima del muro de nuestro patio. Seguí al grupo de bailarines del camino que pasaba junto al cenotafio, detrás de la iglesia, y después desaparecía, según dijo Joseph, en dirección al palacio. Yo había reconocido la iglesia y el cenotafio. También había reconocido otro elemento del paisaje, que era la gran puerta de los terrenos de la vicaría. Entonces comprendí que los muros externos de la vicaría se sucedían continuamente y sólo en algunos lugares dejaban huecos para puertas y ventanas. Sentado en el hombro de Joseph, seguí hacia la izquierda el muro en el que estábamos apoyados, vi que se fundía con la pared del almacén donde se guardaban las cántaras y las ollas (tanto de guisar como para los trabajos de jardinería de mi padre), después desaparecía en la pared del cobertizo de la leña y los pollos, después de lo cual se convertía en el muro de un pequeño nicho que servía para las plantas más jóvenes del jardín de padre, después en la pared del cuarto de baño, y por último en la de la cocina. Desde allí pasaba a rodear el recinto del catequista, envolvía el resto de su casa y después se volvía a convertir en una pared lisa hasta que la rompía la puerta de los terrenos de la vicaría. Después pasaba a la pared de la escuela de muchachas de abajo, antes de interrumpirse en la esquina que constituía la fachada de la librería, único edificio de la vicaría que daba a la calle.
A lo largo del camino había esparcidas unas cuantas ventanas, ventilaciones simbólicas, puestas muy altas en las paredes, casi debajo del techo de chapa ondulada. Pero, en general, los muros continuaban ininterrumpidos, adornados en algunos sitios por las ramas que se inclinaban sobre ellos, ramas de plátano, de guayabo, o de las plantas de hojas amargas como la frondosa, cuyas hojas me rozaban la cara en aquel momento. Entonces quedó claro que en los terrenos de la vicaría vivíamos en un pueblo para nosotros solos, y que Aké era todo lo demás que se extendía ante mi vista. Aquel otro pueblo, Aké, estaba conectado por los techos oxidados, igual que el nuestro lo estaba por los muros. Los únicos edificios exentos eran los especiales, como la iglesia o el cenotafio. Todos los demás estaban conectados sin solución de continuidad. "



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