Angustia en el cuartel (fragmento)Italo Calvino

Angustia en el cuartel (fragmento)

"Los partisanos se evaporaban en su memoria como un mito, un recuerdo de antiguas edades del hombre; titanes creadores de nuevas leyes, tan lejos de él como parecían lejanas en la noche las montañas desde el cuartel, al otro lado de los cristales rotos de las grandes ventanas. El muro que separaba el cuartel del campo que bajaba en terrazas era el confín de dos categorías del alma. La empalizada que el coronel hacía levantar para prevenir los asaltos de los rebeldes era un muro de hierro que se alzaba en su conciencia.
Después vinieron días colmados de ansiedad en los que serpenteaban rumores de traslados, de listas que alguien había visto en el despacho del comandante, los caídos en las batidas que irían a Monza o a Treviso o a Bolzano. Él sentía que el círculo se estrechaba a su alrededor, que se acercaba el día en que su instinto de conservación lo obligaría a salir del torpor, le indicaría el momento más propicio para la fuga.
Esperaba pasivamente, sintiéndose cada día más como la colilla en el suelo del dormitorio, barrida a escobazos. Y las cosas del cuartel se le presentaban como margaritas que debía deshojar para entender un secreto, como horóscopos ambiguos sobre su futuro, el caballo frisón en las escaleras estaba dentro de él, los objetos y las caras se sucedían delante de sus ojos como capítulos de una historia que no se sabía dónde y cuándo terminaría.
Después fueron las jornadas tensas en las que parecía que el traslado era inminente y se decían los nombres de la primera lista y el suyo no figuraba. Porque había otra lista, la de los que partirían quince días después, y él estaba entre ellos. Así se postergaba el despertar de la angustia, todavía había tiempo de esperar la Gran Avanzada que los liberaría a todos de un día para otro, el Gran Bombardeo que mataría a todos los habitantes del cuartel salvo a él, la pierna quebrada por casualidad que lo obligaría a estar en el hospital hasta el final de la guerra, su padre que tal vez sería liberado y podría ponerse a salvo de las represalias con todos los suyos…
La mañana en que partió el primer pelotón faltaban tres o cuatro, muchachos tranquilos, resignados, que no imaginábamos que hubieran podido escapar. Los que quedaban, vigilados por alguno de los viejos armados que los acompañarían como escolta, esperaban sentados en el camión, la cabeza gacha, un velo de llanto en el fondo de los ojos y de las voces. Él daba vueltas entre ellos; despojados de la lona, los catres eran presagios ansiosos e inquietos. "



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