El placer del viajero (fragmento)Ian McEwan

El placer del viajero (fragmento)

"Mary dio un salto en el aire y cayó con los pies muy separados. Estiró el tronco de costado hasta cogerse el tobillo izquierdo con la mano. Levantó la derecha en el aire y la siguió con la vista, mirando al techo. Colin dejó caer el camisón al suelo y se tumbó en la cama. Quince minutos pasaron antes de que Mary lo recogiera y se lo pusiera, se arreglara el pelo y, mirando a Colin con una sonrisa burlona, saliera de la habitación.
Mary avanzaba despacio por una larga galería llena de joyas y de tesoros, un museo familiar en el cual se había improvisado un mínimo de espacio habitable en torno a los objetos exhibidos, todos ellos muy recargados, sin usar y cuidados con esmero: muebles de caoba oscura, labrada y barnizada, con patas biseladas y tapizados de terciopelo. A su izquierda, dos relojes de pared se erguían en un rincón, como centinelas, y hacían tictac a destiempo. Incluso las cosas más pequeñas, pájaros disecados en urnas de cristal, jarrones, fruteros, pies de lámpara, extraños objetos de bronce y de cristal tallado daban la impresión de ser muy pesados para levantarlos: de estar encajados en su sitio por el lastre del tiempo y de historias pasadas. A lo largo de la pared de la izquierda, tres ventanas dibujaban las mismas rayas anaranjadas que en la habitación, pero ahora se desvanecían y su contorno se quebraba en los adornos de unas alfombras gastadas. En medio de la galena había una mesa de comedor, grande y encerada, con sillas de alto respaldo que hacían juego. Al final de la mesa había un teléfono, un cuaderno y un lápiz. De las paredes colgaban más de una docena de óleos, retratos en su mayoría, y unos cuantos paisajes amarillentos. Todos los cuadros eran tenebrosos; ropas oscuras, fondos turbios contra los que destellaban como lunas los rostros de los personajes retratados. Dos paisajes mostraban árboles sin hojas, que apenas se distinguían, sobresaliendo entre lagos misteriosos en cuyas orillas danzaban siniestras figuras con los brazos levantados.
Al final de la galería había dos puertas, por una de las cuales habían entrado; eran desproporcionadamente pequeñas, sin paneles y pintadas de blanco, y creaban la impresión de pertenecer a una gran mansión dividida en viviendas particulares. Mary se detuvo delante de un aparador arrimado a la pared entre dos ventanas, un monstruo de superficies pulimentadas que en todos los cajones ostentaba un tirador de bronce en forma de cabeza femenina. Todos los cajones que probó a abrir, estaban cerrados con llave. Encima del aparador había una serie de lujosos objetos personales colocados con cuidado: una bandeja de cepillos de hombre para el pelo y la ropa, con el mango plateado, un cuenco para afeitarse de porcelana ornamentada, varias navajas de afeitar muy afiladas y dispuestas en abanico, una fila de pipas en un soporte de ébano, un látigo de montar, un matamoscas, un yesquero de oro, un reloj de cadena. Detrás de toda esa muestra, había cuadros de escenas deportivas colgados de la pared, de carreras de caballos en su mayor parte, los animales con las patas delanteras y traseras desplegadas y los jinetes con sombrero de copa.
Mary había recorrido toda la extensión de la galería dando vueltas en torno a los objetos más grandes, deteniéndose a mirarse en un espejo de marco dorado, antes de reparar en el detalle más importante: unas puertas correderas de cristal en la pared derecha que daban a un balcón amplio. Desde donde ella estaba, la luz de las arañas hacía difícil atisbar algo entre la penumbra del exterior, pero a duras penas se veía una gran profusión de flores, de plantas trepadoras, y de arbustos en tiestos y —Mary contuvo el aliento— un rostro pequeño y pálido que la observaba desde las sombras: una cara sin cuerpo, pues el cielo nocturno y el reflejo de la habitación en el cristal hacía imposible distinguir su ropa o sus cabellos. El rostro de óvalo perfecto siguió mirándola fijamente, sin parpadear; luego se movió hacia atrás y desapareció entre las sombras. Mary respiró con fuerza. Se abrió la puerta y tembló el reflejo de la habitación en el cristal. Una mujer joven, con el pelo severamente peinado hacia atrás, entró con cierta rigidez en la habitación y extendió la mano. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com