El muchacho del traje gris (fragmento)Manuel Vázquez Montalbán

El muchacho del traje gris (fragmento)

"Con tan relativo bagaje mítico, el muchacho orientó su épica hacia las victorias que proporciona el desconcierto. Su épica civil era una garantía que actuaba como telón de fondo y sobre ella montaba el show «pour épater le marxiste». Inútil aclararlo: era un conato de contestación a la española, contradictorio en sí mismo por la pequeñez de la escena y la precaria disposición anímica de los actores. Una vez más, los españoles se adelantaban, en según qué aspectos, a la marcha de la Historia, con la complacencia avizor de la España eterna, que siempre ha sabido decidir el momento justo del ¡basta! y el retorno a los mejores tiempos del Cro-Magnon.
El muchacho penetró en el mundo de los profesionales de la cultura en pleno ensayo general. La Universidad acababa de parir las primeras promociones de profesionales formados en la lectura de Lefebvre, Lukács y Pratolini. Economistas asesores de entidades bancarias, aprendices de catedráticos, redactores de Diccionarios Enciclopédicos, vendedores de frigoríficos industriales. La selección de las especies condicionó la aparición de algunos capataces con un pie en las lecturas de su pasado y otro en la antesala del reformismo integrador. Desde la cómoda posición de espectador de escasas necesidades vitales, el muchacho echó leña al fuego de los hornos crematorios de prestigios escolares. Más de un Lenin potencial pereció en el incendio y de las cenizas brotaba el último donaire del cruel espectador, melena al viento, caballero en su scooter, con dos doncellas por banda y por doquier el pasmo de seres normativos indignados por aquel irresponsable ejercicio de la crítica, en un país donde todavía no se había establecido la braga-slip de caballero.
En situaciones de diferente sinceridad, el muchacho confesaba la imposibilidad de mantener aquel ritmo poético sine die. Como en las novelas o los relatos líricos, la irresponsabilidad racional del lenguaje podía convertirse en una pesada letanía de sofista. De vez en cuando hay que dejar de sonreír y, aunque sea por táctica, darse un golpe en el pecho, con cuidado. La duda de la propia duda era inviable, pero no su fingimiento. Y en definitiva la única máxima valedera era la que se resumía así: Sea usted relativista en todo aquello que no le importe.
Y conoció a una muchacha con pamela, larga boquilla y vértebras dúctiles, capaz de tararear la canción de Machín mientras bailaban y darle un beso en la boca en el transcurso de una conferencia de Umberto Eco. Nació el amor como una opción total y con su evidencia se presentó nuevamente la tentación del absoluto y de la afirmación. Alquilaron un piso. Lo pintaron azul-blanco, con manchas de color de flores de papel, loros colgantes, farolillos venecianos y muebles liquidados en desguaces de villas liberty. Se alimentaban a base de aguacates y steak-tartare; tomaban infusiones de yerbas regionales, especialmente té de roca y manzanilla. El escepticismo se revelaba en la mutua decisión de no tener hijos y en su defecto los suplieron con un pez negro japonés, un lirón y una tortuga miniatura que murió de sequedad, ahogada en un cajón de serrín. "



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