El hombre de los santos (fragmento)Jesús Fernández Santos

El hombre de los santos (fragmento)

"Aquellos grandes tranvías cuadrados y amarillentos chirriaban despacio en torno de la estatua cubierta de ladrillos por completo, lo mismo que un fortín. Un cartel en el Banco de España (¡Administrativos, dejad la pluma!) le trajo a la memoria el recuerdo del padre siempre en perpetuas comisiones que a veces duraban hasta la madrugada, cada vez más delgado, baja segura sin tener que ir al frente a poco que durara la guerra todavía.
Y ya desde el tranvía, otra vez la imagen de la guerra en aquella esquina cortada de arriba abajo como un gran pastel, con sus cinco pisos al aire, unos empapelados y otros no, con sus muebles y sus habitaciones todas distintas, abiertas en sus vanos y escaleras. Era como una gran corona de vigas retorcidas ceñida a la cabeza. Y junto a ella toda una fachada con sus balcones al aire, con canalones y tuberías colgando como enredaderas de los pisos más altos, con rótulos de tiendas componiendo palabras sin sentido, tiesa también sobre su loma de escombros, como una decoración comida por el fuego.
Y de pronto, la guerra misma: dos hondas explosiones a lo lejos.
El cobrador ha dicho: «¡A tierra todo el mundo!» pero la gente no se echa a tierra, no se tira de bruces en el suelo. Los del estribo son los primeros que huyen y cruzan la calzada, buscando los portales, seguidos de las mujeres que chillan y pierden los zapatos. Y los hombres les gritan cuando se vuelven a buscarlos.
Cuando Antonio baja, solo quedan dentro, en el tranvía, el cobrador y el compañero que se miran sombríos a medida que las explosiones menudean. Antonio corre al portal más próximo, que encuentra ya cerrado y repleto. Arriba, los balcones se cierran también. Llama, golpea con el puño, y cuando al fin le abren, hace presión y se hunde entre los cuerpos apiñados en la penumbra. A medida que se acostumbra a la oscuridad van surgiendo los rostros de siempre, cansados, aburridos, medrosos, y tan solo uno vivo: el de la vieja del cajón de bocadillos, la que los vende a la puerta del metro, que cuida ahora en su rincón la mercancía. Ahora ya las explosiones se suceden como en un puro trámite, cuatro o cinco seguidas; una pausa, vuelta a sonar, otra pausa y otra vez cuatro o cinco tan próximas que parecen una. Hay alguien que dice siempre: «Esos tiran desde Garabitas» y cuando desde Madrid responden, añade: «Ese es el abuelo. Miren cómo contesta desde el Retiro», pero nadie le escucha y en cuanto que hay una pausa más larga y desusada entreabren el portal y miran fuera. La calle está vacía totalmente, con una hilera de tranvías inmóviles en medio. Cruza a toda velocidad una ambulancia silenciosa como si no quisiera asustar a los que ya comienzan a asomar, como si no quisiera provocar nuevos disparos. La calle se va poblando y los tranvías arrancan uno tras otro con leves pausas para irse distanciando. Dentro, todos con el oído alerta hasta agotarlo, y ya en Quevedo la pirámide de tela en el centro de la glorieta, con los grandes retratos, como el de Lenin en la de Bilbao, cubriendo por entero las estatuas. Y cerrando la calzada, dejando solo un paso angosto, las murallas de sacos terreros.
Y ya junto al portal de casa encontró Antonio al vecino del ático, con chaleco y corbata, haciendo leña, como siempre, en el bordillo de la acera, partiendo en menudos pedazos los restos de una mesa. "



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