De amor y de sombra (fragmento)Isabel Allende

De amor y de sombra (fragmento)

"La actriz guardaba baúles con ropajes antiguos de sus obras favoritas, prendas sin uso desde medio siglo atrás, que desempolvaba con frecuencia para lucirlas ante los ojos estupefactos de sus amigos del hogar geriátrico. Estaba en plena posesión de todas sus facultades, incluso de la coquetería y no había mermado su interés por el mundo, leía los periódicos y de vez en cuando iba al cine. Irene la distinguía entre los demás y las cuidadoras la trataban con deferencia, llamándola doña en vez de abuela. Para consuelo de sus últimos días nunca perdió su inagotable imaginación, entretenida en sus propias fantasías carecía de tiempo y ánimo para ocuparse de las pequeñeces de la existencia. En sus recuerdos no había caos, los almacenaba en perfecto orden y era feliz hurgándolos. En ese aspecto tenía mejor suerte que el resto de los ancianos, a quienes la falta de memoria borraba episodios del pasado y creaba el pánico de no haberlos vivido. Josefina Bianchi tenía a su haber una vida colmada y su dicha mayor consistía en recordarla con precisión de notario. Sólo lamentaba las ocasiones desechadas, la mano que no tendió, las lágrimas retenidas, las bocas que no alcanzó a besar. Tuvo varios maridos y muchos amantes, corrió aventuras sin medir las consecuencias, derrochó su tiempo con alegría, pues siempre dijo que moriría de cien años. Preparó su futuro con sentido práctico, seleccionando ella misma el hogar de ancianos cuando comprendió que no podría vivir sola y encargó a un abogado la tarea de administrar sus ahorros para asegurarle bienestar hasta el fin de sus días. Sentía por Irene Beltrán un entrañable afecto, porque en su juventud tuvo el cabello de ese mismo color fogoso y se recreaba imaginando que la joven era su biznieta o ella misma en la época de su esplendor. Abría sus baúles repletos de tesoros, le mostraba el álbum de la fama y le daba a leer cartas de enamorados que por ella perdieron la paz del alma y el sosiego de los sentidos. Habían hecho un pacto secreto: el día en que me ensucie en los calzones o ya no pueda pintarme los labios, me ayudarás a morir, hija, rogó Josefina Bianchi. Como es natural, Irene se lo prometió.
-Mi madre anda de viaje, así es que cenaremos solos- dijo Irene conduciendo a Francisco al segundo piso por la escalera interior.
La planta alta se encontraba en penumbra y silenciosa porque hasta allí no llegaban las luces del primer piso. Y ya no se oían los parlantes de “La Voluntad de Dios”. A esa hora los visitantes se retiraban, los huéspedes volvían a sus habitaciones y el sosiego de la noche se instalaba en la casa con sus sombras peculiares. Rosa, gorda y magnífica, los recibió en el vestíbulo con su ancha sonrisa. Sentía debilidad por ese joven moreno que la saludaba con entusiasmo, le hacía bromas y era capaz de rodar por el suelo abrazado a la perra. Lo sentía mucho más próximo y familiar que Gustavo Morante, aunque sin duda no era un buen partido para su niña. En los meses que lo conocía nunca le vio otro pantalón que ese gris de pana y los mismos zapatos con suela de goma, una lástima. Bien vestido bien recibido, pensaba, pero en seguida corregía con el proverbio contrario: el hábito no hace al monje.
-Enciende las luces, Irene- recomendó antes de zambullirse en la cocina.
La sala estaba decorada con sobriedad, tapices persas, cuadros modernos y algunos libros de arte en estratégico desorden. Los muebles parecían cómodos y la profusión de plantas daban frescura al ambiente. Francisco se instaló en el sofá pensando en la casa de sus padres, donde el único lujo era un aparato de música, mientras Irene descorchaba una botella de vino rosado.
-¿Qué celebramos?-preguntó él.
-La suerte de estar vivos-replicó su amiga sin sonreír.
La observó en silencio confirmando que algo había cambiado en ella. La vio servir las copas con mano vacilante, un gesto triste en el rostro desnudo de maquillaje. Con la intención de ganar tiempo e indagar en su ánimo, Francisco hurgo entre los discos y seleccionó un viejo tango. Lo colocó en el tocadiscos y la voz inconfundible de Gardel les llegó a través de cincuenta años de historia. Escucharon en silencio, tomados de la mano, hasta que entró Rosa anunciando que la cena estaba servida en el comedor.
-Espera aquí, no te muevas- pidió Irene y salió apagando las luces.
Regresó a los pocos instantes con un candelabro de cinco velas, una aparición surgida de otro siglo con su larga túnica blanca y el resplandor de las bujías poniendo pinceladas metálicas en su pelo. Solemne guió a Francisco por el pasillo hasta una habitación que antes fuera un amplio dormitorio, ahora transformada en comedor. Los muebles eran demasiado grandes para las dimensiones del cuarto, pero el gusto certero de Beatriz Alcántara salvó el obstáculo pintando las paredes de rojo pompeyano en dramático contraste con el cristal de la mesa y los tapices blancos de las sillas. El único cuadro representaba una naturaleza muerta de la escuela flamenca: cebollas, ajos, una escopeta apoyada en un rincón y tres faisanes deplorables colgando de las patas.
-No lo mires mucho o tendrás pesadillas -recomendó Irene.
Francisco brindó silenciosamente por la ausencia de Beatriz y del Novio de la Muerte, satisfecho de encontrarse a solas con Irene.
-Y ahora, amiga, cuéntame por qué estás triste.
-Porque hasta ahora he vivido soñando y temo despertar.
Irene Beltrán fue una niña consentida, única hija de padres adinerados, protegida del roce con el mundo y hasta de las inquietudes de su propio corazón. Halagos, mimos, caricias, colegio inglés para señoritas, universidad católica, mucho cuidado con las noticias de prensa y televisión, hay tanta maldad y violencia, es mejor tenerla al margen de esas cosas, ya sufrirá más tarde, es inevitable, pero dejemos que pase una infancia dichosa, duérmete mi niña que tu mamá está velando. Perros de raza, jardines, caballo en el club, esquí en invierno y playa todo el verano, clases de danza para que aprenda a moverse con gracia porque camina a brincos y se desmorona como un contorsionista sobre los muebles; déjala en paz, Beatriz, no la atormentes. Es necesario, debemos formarla: radiografía de columna, limpieza de cutis, psicólogo porque el martes soñó con ciénagas movedizas y despertó gritando. Es tu culpa, Eusebio, la malcrías con regalos de mantenida, perfumes franceses camisas de encaje, joyas inapropiadas para una chiquilla de su edad. La culpable eres tú, Beatriz, por ser tan frívola y corta de entendimiento, Irene se viste con trapos para agredirte, ya lo dijo su analista. Tanto esmero para educarla, digo yo, y mira lo que nos resulta, una criatura estrafalaria que se burla de todo y abandona la pintura y la música para dedicarse al periodismo, esa ocupación no me gusta, es un oficio de tunantes, sin futuro y hasta peligroso. Bueno, mujer, pero al menos hemos conseguido que sea feliz; tiene la risa fácil y el corazón generoso, con un poco de suerte vivirá contenta hasta que se case y después, cuando deba hacer frente a la tarea de vivir podrá decir al menos que sus padres le dieron muchos años dichosos. Pero te fuiste, Eusebio, maldito seas, nos abandonaste antes que ella acabara de crecer y ahora estoy perdida, se me filtra la desgracia por todos los resquicios, gotea, me inunda, ya no puedo detenerla y cada día es más difícil preservar a Irene de todo mal, amén. ¿Ves sus ojos? Siempre los tuvo errantes, por eso Rosa cree que no vivirá mucho, parece estar despidiéndose. Míralos, Eusebio, ya no son los de antes, se han llenado de sombras como si se asomaran a un pozo, ¿dónde estás, Eusebio?
Irene midió el odio inmenso de sus padres antes que ellos mismos lo sospecharan. En las noches de su niñez permanecía despierta escuchando sus interminables reproches, con la mirada fija en la techumbre de su habitación y una indescriptible ansiedad en los huesos. La desvelaba el murmullo interminable de su madre lloriqueando en largas confidencias por teléfono con sus amigas. El sonido le llegaba deformado por las puertas cerradas y su propia angustia. No penetraba el sentido de las palabras, pero su imaginación les daba significado. Sabía que hablaba de su padre. No dormía hasta sentir su automóvil entrar al garaje y su llave en la cerradura, entonces se desvanecía su pesadumbre, respiraba satisfecha, cerraba los párpados y se sumergía en el sueño. Al entrar a su habitación para darle el último beso de la jornada, Eusebio Beltrán encontraba a su hija dormida y se retiraba tranquilo creyéndola feliz. Cuando la niña pudo descifrar los pequeños signos, supo que algún día él acabaría por partir, como finalmente sucedió. "



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