Annie John (fragmento)Jamaica Kincaid

Annie John (fragmento)

"Pasaron los días. Mi madre proseguía la búsqueda de las canicas. ¡Cómo me atormentaba! Cuando me iba al colegio, salía conmigo hasta la acera y me vigilaba hasta que me convertía en un alfiler en el horizonte.
Cuando volvía a casa, allí estaba, esperándome. Por supuesto, nada de salir por la tarde a hacer observaciones o juntar cosas. Tampoco me quedaban ganas: eso se había acabado. Pero la búsqueda continuaba. Mi madre me preguntaba por las canicas, y yo respondía, en mi tono más dulce, que no tenía ninguna. Cada una de nosotras debía haberse jurado no ceder. Fue entonces cuando ella probó una nueva táctica. Me contó lo que sigue.
Cuando era niña, los sábados tenía que acompañar a su padre a la quinta. Al llegar allí, su padre examinaba los plátanos y los bananos, los pomelos, limeros y limoneros, y revisaba las trampas para las mangostas. Antes de regresar, hacían provisión de productos que la familia consumiría durante la semana siguiente: plátanos, bananas, pomelos, limas, limones, granos de café y de cacao, almendras, nuez moscada, clavo de especia, colocasias, mandioca, dependiendo de lo que estuviese maduro para cosechar. En una ocasión, después de cargar los burros con las provisiones, quedó sobrante un fardo de higos de banana, que mi madre tuvo que acarrear sobre la cabeza. Partieron, y por el camino mi madre notó que el fardo pesaba cada vez más, más que cualquier bulto que hubiera cargado nunca. Empezó a sentirse dolorida, desde la nuca hasta la base de la columna dorsal. El peso de los higos de banana la hacía caminar más despacio, y a veces perdía de vista a su padre. Se quedaba sola en el camino, y oía toda clase de ruidos que no había escuchado nunca, y sonidos que no conseguía reconocer. Llena de miedo y dolorida, llegó al patio exterior de la casa, feliz de librarse de aquellas bananas. Apenas se había quitado de la cabeza aquel fardo, cuando de él emergió una larguísima culebra negra. Mi madre no tuvo tiempo de gritar, pues la serpiente se internó rápidamente entre las matas. Acaso por el miedo, tal vez por el peso de la carga de la que acababa de librarse, se desmayó.
Cuando mi madre llegó al final de aquella historia, yo creía que el corazón me iba a estallar. He allí a mi madre, por entonces una niña, seguramente no mayor que yo, avanzando por el camino que llevaba de la quinta a su casa, con una serpiente sobre la cabeza. Yo había visto fotos suyas de cuando tenía aquella edad. ¡Qué hermosa niña era! Tan esbelta. Con el cabello negro largo y abundante, recogido en dos trenzas que le colgaban hasta más abajo de los hombros. Ya tenía la espalda curvada, por no andar siempre derecha, a pesar de las reiteradas advertencias que recibía. Era tan tímida que nunca sonreía lo suficiente para que se le viera la dentadura, y si alguna vez rompía a reír, se tapaba instantáneamente la boca con las manos. Siempre obedecía a su madre, y su hermana la adoraba. Ella, por su parte, adoraba a su hermano, John, y cuando él murió de algo acerca de lo cual el médico no sabía nada, de una cosa sobre la cual la mama obeah lo sabía todo, estuvo una semana sin tomar alimento alguno. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com