El coloso de Marusi (fragmento)Henry Miller

El coloso de Marusi (fragmento)

"Herakleion es una ciudad desaseada que conserva todos los rasgos de la dominación turca. Las calles prin­cipales están llenas de tiendas abiertas, en las que se puede encontrar, como en la Edad Media, todo lo que se quiera. Los cretenses llegan del campo emperifollados con un bien cortado traje negro, realzando su elegan­cia con botas altas, la mayoría de las veces de cuero blanco o rojo. Después de los hindúes y bereberes, son los hombres más apuestos, más nobles y dignos de to­dos los que he visto. Son infinitamente de mejor parecer que las mujeres; son una raza aparte.
Caminé hasta el límite de la ciudad donde, al igual que ocurre siempre en los Balcanes, todo tiene un brus­co final, como si el monarca que hubiera trazado los planos de esta extraña construcción se hubiera vuelto loco de repente, dejando la gran puerta balanceándose en una bisagra. Es el lugar donde se concentran los autobuses como desarticulados gusanos, esperando que el polvo de la llanura los ahogue y los hunda en el ol­vido. Volví sobre mis pasos y me metí en un laberinto de calles estrechas y tortuosas que forman el barrio resi­dencial y que, aun siendo perfectamente griego, tiene el sabor y el ambiente de un puesto de vanguardia inglés en las Antillas. Durante mucho tiempo intenté imagi­narme a qué se podía parecer la llegada a Creta. En mi ignorancia había supuesto que la isla estaba poco densamente poblada, y que sólo contaba con el agua que le llevaban de la tierra firme; creía encontrar una costa de aspecto desértico, dotada de unas cuantas rui­nas centelleantes que serían Cnossos, y más allá de Cnossos un desierto semejante a esas vastas extensiones aus­tralianas donde el dodo, evitado por las otras especies emplumadas del matorral, entierra melancólicamente su cabeza en la arena y silba por el otro extremo. Me acordé de que uno de mis amigos, escritor francés, había cogido la disentería en esta isla y le habían cargado en un mulo hasta una pequeña embarcación, donde, por Dios sabe qué milagro, le transbordaron a un buque de carga y regresó a tierra firme en un estado de delirio. Vagaba en la niebla, parándome de vez en cuando para escuchar un disco cascado que tocaba un gramófono colocado sobre una silla en medio de la calle. Los car­niceros llevaban delantales manchados de sangre; esta­ban de pie ante mostradores primitivos, en pequeñas barracas, como aún puede verse en Pompeya. Casi a cada paso, las calles daban a una plaza pública flanquea­da de inmensos edificios dedicados a la ley, la adminis­tración, la religión, la educación, la enfermedad y la locura. La arquitectura tenía ese sorprendente realismo que caracteriza las obras de los primitivos populares tales como Bombois, Peyronnet, Kane, Sullivan y Vivin. Bajo el sol deslumbrador, este o el otro detalle —una verja, un inofensivo bastión— se destacan con asombro­sa precisión, tal como sólo se encuentra en las pinturas de los muy grandes o de los locos. No hay un centíme­tro de Herakleion que no ofrezca materia para el lienzo; esta ciudad es un caos, una anomalía completa, un mo­numento de heterogeneidad, un lugar de sueño suspen­dido en el vacío entre Europa y África, exhalando un fuerte olor de cuero bruto, de carvi y de frutos tropi­cales. "



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