El congreso de literatura (fragmento)César Aira

El congreso de literatura (fragmento)

"Hace años, en esta misma ciudad, en esta misma piscina, conocí a una mujer de la que me enamoré. No pude o no quise comprometerme, volví a Buenos Aires, retomé mi vida, pero el recuerdo de Amelina no me abandonó. Debo decir que no mantuvimos ni siquiera contacto epistolar, porque al irme había olvidado anotar su dirección, lo que fue un olvido muy significativo. En efecto, no me sentía con derecho de amarla. Tenía la edad para ser mi hija, era una estudiante de literatura, de una inocencia difícil de describir. Y yo por mi parte, casado, padre de familia, dedicado a una obra científica secreta que me obligaba a retorcidos maquiavelismos… ¿Qué futuro podíamos tener? La ocasión pasó, y al mismo tiempo no pasó. El amor de Amelina siguió habitándome, y fue una constante fuente de inspiración. Ahora, al volver, pensaba en ella… Pero Amelina no apareció. Seguía viviendo en la ciudad, como me enteré casualmente, y tenía que saber de mi presencia por los diarios, pero se mantuvo lejos. Me evitaba. Lo comprendí, y lo acepté. Además, no estaba seguro de reconocerla si la volvía a ver. Había pasado mucho tiempo, muchos años, probablemente se había casado…
Era una historia vieja, más vieja que ella misma en realidad. Cuando conocí a Amelina, fue amor a primera vista, envolvente, un torbellino… Lo fue porque su corriente me arrastraba muy atrás, hasta la época en que yo también había amado. Para entonces ya era un hombre maduro, había perdido casi todas mis esperanzas, me sentía de vuelta, creía que nada me devolvería mi juventud perdida. Y nada me la devolvió, por supuesto. Pero al ver a Amelina, milagrosamente, reconocí en sus rasgos, en su voz, en sus ojos, a una mujer que había sido la gran pasión de mis veinte años. A la bella Florencia la había amado desesperadamente (lo nuestro era imposible) con toda la locura de la adolescencia, y nunca dejé de amarla. No pudo ser, nuestros caminos se separaron, ella se casó, yo también, vivíamos en el mismo barrio, a veces la veía pasar, con sus hijos que crecían… Pasaron veinte años, treinta… Ella engordó, la niña delicada y tímida que yo había adorado se volvió una señora madura, con su respetabilidad de clase media… Ya debe de ser abuela. ¡Qué increíble! ¡Cómo vuela la vida! Para el corazón el tiempo no pasa.
Florencia había renacido, en todo el esplendor de su juventud, en la dulce Amelina, que yo había tenido que cruzar el continente para encontrar. Las sentí identificarse hasta en sus menores detalles, en el más íntimo repliegue de sus sonrisas, o de sus sueños. La coincidencia atravesaba la vida, y en el extrañamiento mágico que me provocaba yo encontré la justificación de mi trabajo: en los años que siguieron a mi encuentro con Amelina mi Gran Obra tomó vuelto, tomó una dirección definida y empecé a ver sus frutos. Fue mi Musa. "



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