El inquilino (fragmento)Javier Cercas

El inquilino (fragmento)

"Al día siguiente, cuando despertó, Ginger todavía estaba a su lado.
A partir de entonces se vieron fuera de clase con frecuencia. Mario, a pesar de ello, siguió manteniendo las distancias. Al principio esta actitud surgió en él de un modo natural: no deseaba crearse una nueva dependencia afectiva; luego la cultivó conscientemente, porque observó que la distancia era un instrumento de dominación: Ginger seguiría a sus expensas mientras lograra mantenerla. Descubrió también que esta situación le proporcionaba un bienestar constante y le devolvía el equilibrio que había perdido cuando se separó de Lisa: gozaba de todas las ventajas del cariño de Ginger y se hurtaba a todas las concesiones y menudas esclavitudes que le hubiera ocasionado el hecho de invertir en ella su afecto. En un principio Ginger se avino de grado a las tácitas condiciones que Mario había impuesto, declaró que no deseaba que su relación trascendiera los límites de una buena amistad; más tarde, aunque continuaba refiriéndole los ocasionales lances amorosos en los que se veía envuelta, empezó a lamentarse de la escasa atención y el trato negligente que Mario le dispensaba; finalmente, porque era incapaz de salvar la barrera que él había levantado entre los dos, Mario acabó por convertirse en una obsesión para ella: en una sola tarde, sin apenas transición, se acostaba con él, se irritaba, lloraba, se contradecía, lo insultaba y salía de casa dando un portazo, mientras Mario permanecía refugiado en un silencio indiferente; horas más tarde una llamada telefónica de Mario volvía a reconciliarlos.
Así transcurrió casi un año.
La víspera del día en que Mario partió de vacaciones a Italia salieron a cenar. Él pensó al despedirse que iba a extrañarla.
Durante el mes de vacaciones la extrañó: le escribió una postal desde Niza y otra desde Ámsterdam, donde su avión hizo escala; también varias cartas desde Turín. En una de ellas escribió: «Es como una condena; querer siempre lo que no se tiene y no querer nunca lo que se tiene. Basta que consiga algo para que deje de tener interés para mí. Supongo que la ambición nace de cosas como éstas, pero yo ni siquiera soy ambicioso: carezco de la fuerza precisa para desear constantemente». En otra carta confesó: «Sólo soy capaz de apreciar algo cuando ya lo he perdido».
A la segunda semana de estar en Turín lamentó que Ginger no lo hubiera acompañado. Pensó en algún momento que estaba enamorado de ella. Otro día se dijo que pronto iba a cumplir treinta años y que, si le convenía casarse de nuevo, Ginger era sin duda la persona adecuada.
Cuando aterrizó en Chicago, de vuelta de las vacaciones, ya había decidido proponerle a Ginger que se casara con él. "



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