El mendigo (fragmento)José Victorino Lastarria

El mendigo (fragmento)

"Para omitir detalles, no quiero demorarme en la descripción de las infinitas citas que tuve con aquel ángel en lo sucesivo: yo permanecía horas enteras apegado a la ventanilla por donde nos veíamos, pendiente con una mano de la reja y afianzando los pies en una cuerda que me servía para izarme; pero mientras estaba con aquella mujer divina no sentía incomodidad alguna, no veía otra cosa que a ella, no oía más que sus palabras ni respiraba más que su aliento. Recíprocamente nos contábamos nuestras desgracias, nos comunicábamos los proyectos que formábamos para salir de tan penoso estado, hablábamos de nuestro amor y nos lisonjeábamos con un porvenir de placer y de ventura: estos coloquios avivaban nuestro fuego, nos consolaban y nos hacían dulces nuestras angustias. La situación en que ella se encontraba era desesperante: desde la muerte de su madre, jamás había pisado el dintel de la puerta de calle de la casa de su tutor: éste jamás le dirigía una palabra, la forzaba a estar todo el día sola en un cuarto que le servía de prisión, sin ver más que a unos cuantos esclavos que nunca desplegaban los labios en su presencia; por la noche se ocupaba en rezar con una vieja, que era su espía y la cual ejecutaba fielmente todas las órdenes de tiranía que le daba D. Gumersindo; se veía en fin precisada hasta de reservarse de su confesor, que era el capellán de la casa porque sospechaba que procedía de acuerdo con su tutor.
Yo era el hombre más feliz, porque en medio de la miseria a que me veía reducido, me sentía adorado por la única mujer que había ocupado siempre mi corazón; pero la pobreza me condenaba a no ver jamás realizadas mis ilusiones. Ella era rica y tampoco podía disponer de sus riquezas: sólo podía llorar conmigo nuestra desventura. A veces me asaltaba la desconfianza por su amor, porque no hallaba motivo para que una mujer tan bella y de tantas prendas estimables se fijara en un miserable como yo, que para vivir se veía precisado a trabajar de artesano; en un hombre sin porvenir y condenado por el destino a una perpetua desgracia; pero ella me consolaba con sus caricias y me amaba siempre a pesar de todo. A los ocho meses de mantener esta comunicación resolvimos fugarnos de aquel lugar aborrecido y establecernos en otra parte en donde pudiéramos gozar libremente de nuestra unión, y reclamar con el tiempo sus propiedades. Combinamos el plan de nuestra fuga, y a mí me pareció bien consultárselo a Laurencio, el cual se interesó tan vivamente en el buen éxito de la empresa que me prometió acompañarme a donde fuera con mi querida. "



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