Algo de mí mismo (fragmento)Rudyard Kipling

Algo de mí mismo (fragmento)

"Wellington me reveló otro mundo de gente amable, gente que era, o me parecía, más homogénea que los australianos. Eran altos, de pestañas largas y extraordinariamente bien parecidos. Puede que no fuese objetivo, y es que lo menos diez guapas muchachas me dieron un paseo en gran canoa, a la luz de la luna, por las aguas quietas del puerto de Wellington y en general todo el mundo se desvivía por ayudarme, enseñarme, distraerme o para que me sintiera a gusto. De hecho, siempre ha sido así. Por eso no es mérito mío que en mi obra salgan muchos detalles concretos. Un amigo me acusó, hace mucho tiempo, de haber disfrutado de «salario de príncipe y trato de embajador» y de no saber apreciarlo; me llegó a llamar, entre otras cosas, «perro ingrato». Pero ¿qué podría haber hecho —os pregunto— que no fuese continuar mi obra e intentar que siguiera agradando a quienes la encontraban agradable? No se puede pagar lo impagable a base de sonrisas y apretones de mano.
Desde Wellington fui al norte en dirección a Auckland en un coche tirado por una pequeña yegua gris y con un conductor de lo más taciturno. Se iba por el monte y acababa de haber lluvias. Cruzamos veintitrés veces en un día un río desbordado y salimos a las grandes llanuras donde los caballos salvajes se nos quedaban mirando y se enredaban las patas en las largas crines y daban coces y relinchaban. En una de las paradas que hicimos me dieron de comer un pájaro asado con la piel crujiente como la del cerdo, y sin alas ni señal de haberlas tenido. Era un kiwi, un áptero. Tendría que haber guardado su esqueleto, pues muy pocas personas se han comido un áptero. Luego el cochero estalló —eso mismo lo había visto yo otras veces en lugares apartados— como a veces les pasa a los solitarios: vimos un cráneo de caballo al borde del camino y empezó a soltar blasfemias terribles pero sin pasión alguna; llevaba, decía, mucho tiempo viendo aquel cráneo al pasar a caballo o en coche. Y en eso veía que estaba condenado a que le ocurriera siempre lo mismo, y por qué demonios venía yo a hablarle de tantos lugares extranjeros y lejanos como había visto. Pese a todo, me pidió que le siguiera contando.
Había acariciado la idea de ir desde Auckland a Samoa, a visitar a Robert Louis Stevenson, que me había hecho el honor de hablarme por carta de mis cuentos. Es más, yo era Maestro de la Logia R. L. S. Aún hoy creo que pasaría ampliamente la prueba oral o escrita sobre La caja equivocada, que, como sabe cualquier miembro, es el libro de iniciación. La primera vez que lo leí fue en un hotel pequeño de Boston, en el 89, donde un camarero negro estuvo a punto de echarme del comedor por farfullar sobre la comida.
Pero Auckland, tranquila y adorable al sol, parecía el final del viaje organizado, porque el capitán del barco frutero que podía o no ir a Samoa según el momento estaba tan aplicadamente borracho que decidí encaminarme hacia el sur y volver a la India. Lo único que me llevé de la magia de Auckland fue el rostro y la voz de una mujer que me puso una cerveza en un pequeño hotel. Aquel rostro y aquella voz se me quedaron en algún rincón de la memoria hasta que a los diez años, en un tren de cercanías de las afueras de Ciudad del Cabo, oí a un oficialillo de Simonstown hablarle a su acompañante acerca una mujer neozelandesa que «nunca tuvo reparos en ayudar a un desprotegido ni en pisar un escorpión». Fueron esas palabras —de la misma manera que al sacar un tronco de una pila se viene toda abajo— las que me despertaron la clave de aquel rostro y aquella voz de Auckland, que me inspiraron un cuento llamado «La señora Bathurs», cuento que salió fluido, suave y ordenado como los troncos flotan río abajo.
En otro pequeño vapor, por mares más fríos y revueltos, llegué a Isla Sur, habitada principalmente por escoceses, su ganado y un viento de mil demonios. Salimos de ella desde el Faro del Fin del Mundo, Invercargill, una tarde oscura y de borrasca en que el general Booth, del Ejército de Salvación, subió a bordo. Lo vi, al anochecer, dar vueltas por el embarcadero, que era bastante inestable, y con la capa vuelta hacia arriba, como un tulipán, sobre el pelo gris, mientras tocaba un pandero ante la multitud que se había congregado para despedirlo con llantos, canciones y oraciones.
Zarpamos y enseguida estábamos en el Pacífico Sur. Nos pasamos casi una semana dando bandazos de lado a lado del barco, se partió la popa y el pequeño salón se llenó de un palmo o dos de agua. No recuerdo que se comiese a hora fija. El camarote del general estaba cerca del mío y, en los intervalos entre los golpes de arriba y las cataratas de abajo, se le oía roncar como un elefante herido, y es que en todos los sentidos era un hombre grande. "



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