Comedia infantil (fragmento)Henning Mankell

Comedia infantil (fragmento)

"Me apresuré cuanto pude en amasar y dar forma a las hogazas. Pese a todo, estaba ya bien entrada la noche cuando por fin estuve listo para regresar al tejado. Nelio me esperaba despierto. Me alegré al comprobar que se había comido las frutas y el trozo de pan con bastante mantequilla que le dejé junto al colchón. Además, se había puesto la camisa que le había lavado por la mañana. Llegué a pensar que se estaba produciendo un milagro. El hecho de que hubiera podido ir al baño y de que comiera con relativa regularidad significaba que su estómago no había sufrido lesiones graves y que la vida volvía a animar su cuerpo. Tal vez las hierbas de la señora Muwulene estuvieran curando sus heridas.
Sin embargo, me vine abajo cuando fui a cambiarle las vendas. Las heridas presentaban un aspecto aún peor que antes, estaban más oscuras, purulentas, y despedían muy mal olor. No pude contenerme y le dije lo que pensaba, que moriría si no acudía a un hospital donde recibiera la atención adecuada, donde un médico pudiera extraer las balas que estaban envenenando su cuerpo. Nelio sonrió y negó con la cabeza.
—Ya te avisaré cuando sea el momento —afirmó.
Intenté limpiarle las heridas lo mejor posible, aunque sin provocarle demasiado dolor. Él se esforzaba al máximo para no quejarse. Cuando terminé, le puse las vendas limpias y le di un poco de agua. Se hundió de nuevo en el colchón y pude ver, a la luz del candil, lo demacrado que había quedado su rostro durante los cuatro días que llevaba conmigo. Los pómulos salientes estiraban su piel negra, los ojos parecían haberse retirado al fondo de sus cuencas, tenía los labios resquebrajados y había empezado a perder sus rizados cabellos. Pensé que debería dedicarse a descansar, en lugar de pasar las noches contándome su historia. No podía negar mi curiosidad, deseaba oír sus palabras una tras otra, pues intuía que el relato de su vida también era, en cierta medida, el de la mía. Sabía que debía armarme de paciencia, que si Nelio guardaba silencio, si dejaba reposar su relato, tendría más posibilidades de recuperarse.
A pesar de todo, cuando me pidió que me sentase sobre el colchón y retomó su narración, no se me pasó por la cabeza pedirle que lo dejara, que pensase en sí mismo y en lo mucho que necesitaba el descanso. Tal y como había sucedido las noches anteriores, prosiguió su deambular por la ciudad, su travesía por la vida. Poco antes del amanecer cayeron unas gotas de lluvia. Muy pocas. Después, una quietud envolvente quebrada de vez en cuando por los ladridos de algún perro que intentaba comunicarse con otro en la oscuridad. "



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