El país de los abetos puntiagudos (fragmento)Sarah Orne Jewett

El país de los abetos puntiagudos (fragmento)

"Había algo en el pueblo costero de Dunnet que lo hacía más atractivo que otras aldeas marítimas del este de Maine. Quizás era el simple hecho de la familiaridad con aquel lugar lo que lo hacía tan cautivador y otorgaba tanto interés a su litoral rocoso, a sus umbríos bosques y a las pocas casas que parecían firmemente encajadas, como clavadas por los propios árboles, entre las cornisas montañosas que había junto al puerto. Estas casas sacaban el máximo partido de sus vistas al mar, y sus pequeños jardines se llenaban con la alegría de una resuelta profusión de flores. Las altas y estrechas ventanas paneladas en lo alto de los escarpados gabletes parecían observar con ojos sagaces la bahía, y más allá el horizonte, o recorrer la costa en dirección norte, con su fondo de píceas y abetos balsámicos.
[...]
Un día llegué muy tarde a la escuela tras haber asistido al funeral de una vecina, conocida mía. Había presenciado el declive de su salud, y cómo el doctor y la señora Todd se habían esforzado en vano por aliviar sus últimos sufrimientos. El oficio se había celebrado a la una, y ahora, a las dos y cuarto, me hallaba junto a la ventana de la escuela, viendo pasar el cortejo por el camino más cercano a la costa. Iban a pie e, incluso desde tan lejos, podía reconocer a la mayoría de los participantes en aquella solemne marcha. La señora Begg había sido una persona muy respetada y muchos amigos quisieron acompañarla hasta la tumba. Se había criado en una granja de los alrededores, y las pocas veces que me la había encontrado me había hablado de cuánto le disgustaba la vida del pueblo. En Dunnet, la gente vivía demasiado pegada para su gusto, y además, ella nunca había logrado acostumbrarse al rumor constante del mar. Había llorado a tres maridos marineros y su casa estaba decorada con todo tipo de objetos curiosos procedentes del Caribe: ejemplares de conchas y muestras de coral que los difuntos habían traído de sus viajes en barcos madereros. La señora Todd me había contado toda su historia. Habían crecido juntas y, para utilizar su expresión «habían pasado tantas calamidades que no había ninguna que no conocieran». Desde la ventana discerní el corpachón afligido de la señora Todd. Su lento caminar partía en dos el cortejo, rezagando la marcha de los que la seguían. Continuamente se llevaba el pañuelo a los ojos, lo que me conmovió, pues sabía que el suyo no era un dolor fingido.
[...]
Ese era el mundo y aquí estaba ella, al comienzo de la eternidad. En la vida de cada uno de nosotros, pensé, hay un lugar remoto y aislado, entregado a un eterno pesar o a una felicidad secreta. Todos somos ermitaños voluntarios o cautivos en algún momento de nuestra vida, y entonces comprendemos a nuestros hermanos de celda, sin importar la época a la que pertenezcan. "



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