El primer amor (fragmento)José López Portillo y Rojas

El primer amor (fragmento)

"El caballero pasaba frecuentemente la mirada burlona de Lola a mí, y algo decía a doña Agustina, que la hacía reír y sacaba los colores al rostro de mi novia.
Por fin llegamos a los Camichines, bosquecillo tupido de árboles de este nombre, dispuestos en hileras paralelas, y que parecían haber sido plantados ex profeso para servir de albergue al amor y a los placeres campestres. Trasladadas al suelo las pieles y los petates de las carretas, debajo de las sombras se sentaron las damas, en tanto que las criadas disponían los manjares y la porcelana que debían servir para la merienda. Ocupó la música la parte del terreno. No cesó de hacernos oír sus armonías mientras permanecimos en el sitio, que fueron largas horas; lo que admiró a los circunstantes tanto por la probidad como por la constancia de los artistas en el desempeño de sus funciones.
Al estilo de los moros en las huertas de Andalucía, gustamos los manjares debajo de las frescas enramadas, en medio de una grande algazara de voces y de un alegre retintín de platos y vasos. No son, a la verdad, muy poéticas comidas las enchiladas y los tamales, ni sería posible poetizar el atole; son alimentos harto prosaicos y pastosos para compararlos con el néctar y la ambrosía de los inmortales. Las muchachas bonitas se entregaron, con todo, al placer de devorarlos, aunque no sin cierta mortificación de que viésemos las huellas que solían dejar aquellos alimentos al derredor de sus frescas boquitas. Por mi parte sé decir que el único manjar que hallo digno de unos labios de rubí, es la nieve de fresa. ¡Lástima que no puedan mantenerse con ella las hermosas!
Concluida la merienda, tocó su turno al baile. Siempre he sido torpe para las evoluciones coreográficas. Tengo los huesos muy duros e inflexibles las articulaciones, como si estuviesen anquilosadas, mis pies se resisten al ritmo, y todo mi cuerpo es harto pesado para emular a la traviesa Terpsícore. Así he sido siempre, desde los albores de mi vida, y no han servido para remediar mi torpeza ni los ensayos de baile solitario que hice en el colegio abrazando a una silla, ni las lecciones que recibí de varios amigos míos, habilísimos danzantes, ni la buena voluntad de algunas amables amigas, que sufrieron con paciencia les diese algunos pisotones y les desgarrase el vestido, por tener la gloria de triunfar de mi rebelde torpeza. Convencido de mi falta de aptitud para el objeto, me he convertido en filósofo, y he proclamado a voz en cuello que el baile es absurdo, que sólo conviene a la gente sin seso, y que es contrario a todo decoro —procurando así disfrazar mis defectos con razones orgullosas; pero en el fondo del corazón deploro profundamente no poder efectuar cabriolas que ejecutan a la perfección tantos mozalbetes de tres al cuatro.
Así, pues, no sabiendo bailar, no me fue dado tomar parte en el regocijo; pero como era cosa convenida entre Lola y yo, que ninguno de los dos bailaría, tuve la satisfacción de verla siempre sentada, sin consentir en danzar con los jóvenes que la invitaban para que los acompañase. No obstante, estaba en ascua, porque no podía hablarle, y me era intolerable de todo punto de vista el joven moreno que se mantenía cerca de ella. "



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