El diablo en palacio (fragmento)Ramón Ortega y Frías

El diablo en palacio (fragmento)

"Tampoco el príncipe don Carlos había podido cerrar apenas sus ojos al sueño de la noche anterior.
Un presentimiento horrible pesaba sobre su espíritu, débil ya en extremo, a impulsos de tan violentas emociones. Sin duda las palabras del paje, cuando le dijo que estaba perdido si no salía del alcázar aquella misma noche, le habían infundido un terror inexplicable, pero que no bastaba, sin embargo, a decidirlo en aquellos momentos a alejarse, dejando a la reina expuesta a mil peligros, sobre todo habiendo oído pronunciar ésta un juramento de amor que era por lo menos una esperanza.
Habíase aumentado la palidez que constantemente cubría el rostro del mancebo: un cerco amoratado rodeaba sus ojos, que habían perdido del uno al otro día su natural viveza, y en sus movimientos se notaba la enervación, como si una rara fatiga le hubiese robado la mayor parte de sus fuerzas.
También había madrugado el príncipe.
Hallábase recostado en un amplio sillón, y la primera visita que había recibido era la del paje, cuyo rostro parecía alterado por el insomnio y la fatiga.
Los grandes ojos del hermoso niño miraban sombríamente, y una profunda arruga se marcaba entre sus cejas.
Sus vestidos estaban ajados, mojada su capa azul, rota la blanca pluma de su gorra de terciopelo, llenas de lodo, de arriba abajo, las botas de cuero color amarillo que cubrían la parte inferior de su musculosa, pero delicada pierna.
[...]
La reina no se había levantado en todo el día; la habían visitado los médicos, pero ninguno acertó su enfermedad: estaba en el alma.
Llegó la noche y el pajecillo se levantó.
Isabel de Valois despertaba de un pesado sueño. La abrasaba una violenta fiebre.
Esparció una mirada vaga sobre su lecho de ébano con incrustados de nácar, oro y marfil, con luengas colgaduras de seda blanca bordadas y prendidas con gruesos cordones del mismo metal. Tras estas colgaduras había una segunda cortina color de rosa, de tela finísima, transparente, que era la que corría o descorría, y tras esas cortinas y descansando en los mullidos colchones, entre blanquísimas y perfumadas sábanas, el abrigo de una colcha de estambre de colores variados y bordada de seda, estaba Isabel de Valois más seductora que nunca, porque su palidez, el cerco amoratado que rodeaba sus grandes ojos, la languidez de su mirada y la sencillez de su peinado daban mayor realce a su belleza.
Blanca estaba a su lado. "



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