Confesiones del estafador Felix Krull (fragmento)Thomas Mann

Confesiones del estafador Felix Krull (fragmento)

"En cuanto a las distracciones que siguieron al café, por un precio de entrada muy módico fui a recrearme en la contemplación de un magnífico panorama que representaba la batalla de Austerlitz en toda su extensión, con pueblos en llamas y un vastísimo paisaje plagado de soldados rusos, austriacos y franceses, tan bien hecho que apenas se distinguía entre lo que estaba pintado y los objetos que había delante para simular la realidad: armas y mochilas dispersas por el suelo y muñecos de soldados caídos. Sobre una colina, el emperador Napoleón, rodeado por su ejército, contemplaba la escena a través de un catalejo. Animado por lo que había visto, visité un segundo espectáculo: un museo de cera, un lugar donde, para su terrorífica diversión, uno se encuentra con toda suerte de potentados, grandes estafadores, artistas de insigne fama y célebres asesinos de mujeres, como si en cualquier momento pudiera surgir una conversación de tú a tú. Estaba allí, por ejemplo, el abbé Liszt, con su larga melena blanca y las verrugas más realistas, sentado al piano de cola, con el pie sobre el pedal y los ojos alzados al cielo, accionando las teclas con sus manos de cera, mientras un poco más allá el general Bazaine se apuntaba a la sien con un revólver que no disparaba. Eran impresiones impactantes para un alma joven, aunque ni Liszt ni Lesseps lograron saciar mi gran capacidad de absorber cuanto captaban mis sentidos. Había caído la tarde y aún estaban por llegar otras sensaciones; de forma deslumbrante, igual que el día anterior, con incontables luces publicitarias que se apagaban y volvían a encenderse de manera intermitente, París se iluminaba, y tras pasear sin rumbo durante un rato, pasé varias horas en un teatro de variedades, donde vi focas que hacían equilibrios con una lámpara de petróleo encendida en la punta de la nariz, un mago que machacaba en un mortero el anillo de oro de un espectador para luego recuperarlo, en perfecto estado, del bolsillo trasero del pantalón de otro espectador que no tenía relación alguna con él y se sentaba en el patio de butacas a mucha distancia, una diseuse pálida y con unos largos guantes negros que profería sombrías indecencias con voz de ultratumba, y un tipo que hablaba con el vientre de un modo asombroso. No pude esperar a que terminase el maravilloso programa porque, si aún quería tomarme un chocolate en alguna parte, debía darme prisa para volver a casa antes de que todos mis compañeros hubiesen vuelto al dormitorio.
Regresé por la Avenue de l’Opéra y la Rue des Pyramides a mi hogar en la Rue Saint-Honoré y al llegar al hotel me quité los guantes, pues, al haber mejorado tanto mi atuendo, mi apariencia se asemejaba a la de quienes entraban por la puerta giratoria. Por otro lado, nadie me prestó atención alguna cuando subí hasta la cuarta planta en el ascensor, que no se vació de huéspedes hasta llegar allí. Stanko puso unos ojos como platos cuando, un piso de escaleras más arriba, entré en el dormitorio y me pasó revista a la luz de la bombilla. "



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