El enigma de Tina (fragmento)Alfonso Domingo

El enigma de Tina (fragmento)

"La conversación con la viuda del cineasta anarquista había conseguido conmover los cimientos de algunas certezas que Montes tenía de aquel asunto. La vedette, esa Tina de Jarque que sólo había visto una vez en fotografía, le resultaba ahora un misterio insondable. No le había prestado mucha atención, pero su cerebro deductivo y amante de la verdad trabajaba en todo momento buscando las contradicciones de la historia, los puntos débiles. Había creído que se trataba de una artista frívola de las variedades, de una mantenida de lujo de grandes capitalistas, quién sabía lo que había hecho aquella mujer con el infeliz de Abel. En esto no era muy diferente de la opinión de otros compañeros libertarios. Pero ahora emergía otra Tina distinta, con matices, informaciones que provenían de un compañero que la conocía y la había dirigido en su última película. A eso se añadía el sigilo con que el régimen franquista llevaba a cabo la investigación, como si tampoco creyeran la versión de que había sido acaparada por un rojo que al final, la había llevado a la ruina utilizándola como tapadera. No sólo se trataba de averiguar aquel cierre de novela policíaca, sino que la resolución de aquel enigma le atañía directamente.
Tendría consecuencias sobre su familia, y también sobre sus propias convicciones. Si los compañeros del Comité Nacional la habían condenado sin razón, habría sido otro más de sus errores. Los responsables de la CNT no habían estado a la altura en toda la guerra, y aquel era un asunto más, pero no un asunto baladí. Había además joyas por medio. ¿Hasta qué punto esas joyas habían servido a la causa? ¿Hasta qué punto el fin justificaba los medios? Esa siempre había sido una diferencia entre comunistas y anarquistas. Al final, como en todas las novelas policíacas, se mostraban los elementos más importantes de la condición humana. Allí danzaban, con la muerte, la ambición, el poder, el dinero y el sexo. Demasiados elementos, demasiadas pistas, demasiadas cosas que lo atañían. Y la realidad le traía muchos más elementos de preocupación. En aquella novela de la vida, no había ningún escritor, ningún guionista, como el loco de Armand Guerra, que pudiera escribir un argumento coherente, ni ningún público que decidiera la solución final. Todo era absurdo, espeso, difícil. Y, de momento, él podía hacer poco. O nada. "



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