Autobiografía (fragmento)Charles Chaplin

Autobiografía (fragmento)

"Hubiera deseado quedarme más tiempo en Nueva York, pero tenía que trabajar en California. En primer lugar, quería terminar cuanto antes mi contrato con la First National, porque estaba ansioso de empezar con la United Artists.
El regreso a California fue un poco deprimente después de la libertad, la brillantez y la fascinante vida intensa que había llevado en Nueva York. El problema de terminar cuatro películas de dos rollos para la First National se me presentaba como una tarea insuperable. Durante varios días estuve sentado en el estudio, ejercitando el hábito de pensar. Como tocar el violín o el piano, el pensamiento necesita practicarse todos los días, y yo había perdido la costumbre.
Me había recreado demasiado en la vida calidoscópica de Nueva York y no podía concentrarme. De modo que con mi amigo inglés, el doctor Cecil Reynolds, decidí ir a la isla Santa Catalina a pescar un poco.
En aquel tiempo Santa Catalina era un paraíso para los pescadores. Avalon, su viejo pueblo soñoliento, tenía dos pequeños hoteles. La pesca era buena durante todo el año. Si pasaba un banco de atunes, no había una sola barca que alquilar. Muy de mañana alguien gritaba: «¡Aquí están!». El atún, con un peso que oscilaba entre las treinta y las trescientas libras la pieza, solía chapotear y colear hasta donde alcanzaba la vista. El hotel dormido se convertía en un súbito torbellino de excitación; apenas había tiempo para vestirse, y si te encontrabas entre los afortunados que habían contratado una barca por adelantado, te dejabas caer en ella, abrochándote todavía los pantalones.
En una de esas ocasiones el doctor y yo pescamos ocho atunes antes del almuerzo, cada uno de los cuales pesaba más de treinta libras. Pero tan repentinamente como aparecían desaparecían, y teníamos que volver a la pesca normal. A veces pescábamos con un barrilete atado al sedal, que sostenía el cebo, un pez volador que se agitaba sobre la superficie del agua. Este tipo de pesca era emocionante, pues se podía ver al atún agitarse, haciendo un remolino de espuma alrededor del cebo, y luego había que ir rápidamente hacia él y perseguirlo durante un par de cientos de pies o más.
Los peces espada capturados en Santa Catalina pesan de cien a seiscientas libras. Esta clase de pesca es más delicada. El sedal está libre, y el pez espada muerde suavemente el cebo, una pequeña albacora o un pez volador, y se aleja nadando con él unas cien yardas. Luego se inmoviliza y hay que detener la barca y esperar un minuto para darle tiempo a tragar el cebo, devanando despacio, hasta que el sedal se pone tenso. Después se le dan dos o tres sacudidas fuertes y comienza la función. Se aleja cien yardas o más; el sedal chirría, a continuación se para; hay que soltar a toda prisa el cordel, pues si no se rompería como si fuera un hilo de algodón. Si el pez espada da un súbito viraje mientras está corriendo, la fricción del agua cortará el sedal. Empieza a saltar de veinte a cuarenta veces por encima del agua, sacudiendo la cabeza como un bulldog. Por fin se zambulle. Entonces comienza la dura tarea de sacarlo. El pez espada que capturé pesaba ciento setenta y seis libras y sólo tardé veintidós minutos en izarlo a bordo.
Fueron unos días apacibles; el doctor y yo estuvimos largo rato sosteniendo nuestras cañas de pescar y dormitando en la popa de la barca durante aquellas bellas mañanas, con la niebla flotando sobre el océano y el horizonte confundiéndose con el mar infinito; en medio del inmenso silencio destacaba el grito de las gaviotas y el monótono ruido del escape de nuestra motora.
El doctor Reynolds era un genio en neurocirugía y había conseguido resultados milagrosos en esa especialidad. Seguí muchos de los casos. Uno fue el de una niña con un tumor cerebral; había llegado a sufrir veinte ataques al día y estaba degenerando hacia la subnormalidad. Gracias a la intervención quirúrgica de Cecil recobró la salud por completo y fue una estudiante brillante.
Pero Cecil era un fan. Su obsesión era el arte dramático. Aquella insaciable pasión fue la causa de nuestra amistad. «El teatro sostiene al alma», solía decir. Yo apostillaba a menudo que su trabajo como cirujano era un sostén más que suficiente. ¿Podía haber nada más dramático que hacer de una idiota babeante una brillante estudiante? "



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