Donde las lágrimas están prohibidas (fragmento)Alice M. Ekert-Rotholz

Donde las lágrimas están prohibidas (fragmento)

"Contempló su quimono gris. Debajo de él llevaba un vestido adornado con crisantemos. Era un símbolo de su luminosa alma escondida. Tatsue volvió a examinarse una vez más. Miro a su alrededor. Luego arrojó al mar el quimono color gris ratón. Permaneció un momento orgullosamente erguida, vestida con el traje de los crisantemos. Las flores resplandecían a la luz de la luna. Tatsue iba delicadamente pintada y empolvada. Jamás hubiera emprendido esta excursión con la «cara de las mañanas». Alrededor de su grácil y largo cuello —signo de noble linaje— colgaba un pequeño y barato talismán, que había comprado antes del nacimiento de su primer hijo —que jamás llegó a nacer— y que había llevado siempre consigo hasta el momento presente. El tanuki estaba especialmente recomendado para los muchachos. Se quitó el talismán, lo besó cariñosamente y lo tiró al mar, para que las futuras madres de niños no pudieran pisarlo al día siguiente. Sólo había costado treinta sens, pero hubiera sido digno de un Taro-san. Se apoyó en su bastón de marfil y por vez primera se sintió valiente en el último momento de su vida. Luego comenzó a caminar lentamente en el mar. Había formado un solo ser con la muy honorable dama luna. Matsubara Akiro tendría ahora la suerte de engendrar hijos con una mujer más digna.
Tatsue sonrió antes de que las olas la apresaran.
En China, el dios de la luna se llama Yüeh Lao Yeh. Es un hombre viejo y arregla matrimonios. Su obligación es atar con un hilo rojo a las parejas de enamorados. Yüeh Lao Yeh vigila para que ninguno de los dos contrayentes emprenda la fuga. «Los matrimonios se proyectan en la luna», se dice en China. Esto es lo que creía todo el mundo, hasta la esposa alemana del señor Chou Tso-ling quien, después de la muerte de su tío, el anciano señor Hsin, se había trasladado a la anticuada casa situada detrás de Bubbling Well Road.
En la noche de luna que Tatsue Matsubara aprovechó para evadirse de esta vida, nació un niño en la vieja casa de la desolada ciudad de Shanghái. Era un fuerte muchacho y había recibido como don de sus antepasados la sangre de un banquero chino y de un banquero judío de la vieja Breslau. Su madre era la joven y desamparada viuda del en un tiempo famoso abogado de Breslau, que la había traído a ella y a Aúna Weber a la ciudad enclavada junto al mar, para que aquí se ocupara del negocio de la vida. Y Yüeh Lao Yeh había ligado con tanta prudencia y sagacidad el hilo matrimonial, que el joven banquero Chou Tso-ling, que había heredado la casa del viejo Hsin, introdujo en una de las más poderosas familias de Shanghái a una joven desconcertada ante la vida: Hanna Goldberg. Ésta no había nacido para ser una mujer de pasatiempo, y así fue como la muchacha de Breslau, hija de una sólida casa, se casó por segunda vez.
Aquella noche de luna Hanna se sentía feliz y tranquila en el anticuado lecho de la abuela de Mailin Wergeland, en el que habían visto por vez primera la luz del mundo la madre de Mailin y el hijo prematuramente fallecido de la casa Hsin. Algunas mujeres iban de un lado a otro, con suavidad y calma, en aquella habitación espaciosa e iluminada por la luz de la luna: la comadrona de la familia Chou, Anna von Zabelsdorf y Mailin Wergeland. El niño acababa de nacer. Anna vistió al bebé con una ropa al estilo chino, y lo depositó en los brazos de Hanna. "



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