El incongruente (fragmento)Ramón Gómez de la Serna

El incongruente (fragmento)

"Como sabía montar en bicicleta, le fue muy fácil salir con la que por fin eligió, y comenzó a recorrer calles como si se desenrollase la serpentina de las ruedas. Dio la vuelta a la ciudad varias veces, y por fin tomó una carretera y salió escapado, siguiendo la recta interminable con gran decisión, pues la máquina que había elegido era la máquina capaz de las mayores distancias.
La hora del apetito le llegó en plena carretera, con ese deseo de comer pan caliente que dan las carreteras. Gustavo, al pasar frente a un ventorro, sintió la necesidad de parar su máquina, y entonces se dio cuenta de que se le había olvidado o no se lo habían enseñado al venderle la moto.
Durante un largo trecho de camino estuvo buscando el resorte en que podía estar el toque de parada; pero nada, al distraerse estaba a trueque de caer, y no conseguía dar con el quid. En vista de eso, decidió parar donde se le agotase la esencia del motor.
Por causa de esa imposibilidad de parar, parecía que la máquina se dirigía sola a alguna parte, con un sobre cerrado del Destino en su cartera, el sobre que sólo podría abrirse al llegar al pueblo final de la etapa.
El hambre de pan que le daban los campos se había agravado, porque se había unido al hambre del almuerzo y al hambre de la cena, pues la hora del puchero estaba inscrita en el cielo que echa las primeras estrellas en las cazuelas campesinas para darlas el sabor conmovedor de la noche.
Gustavo no sabía ya qué camino llevaba, y hasta deseaba embarrancar. Por embarrancar ascendió por una antigua calzada y siguió después por un campo de lentisco, saliendo vencedora de esos obstáculos la motocicleta último modelo, utilizable hasta en las trincheras.
Ya no buscaba los caminos que dan cierta seguridad de que no estarán nunca cortados a pico; ya iba por los andurriales rústicos, dando saltos sobre los camellones de las tierras, pero sin perder velocidad, sin embargo.
A eso de la media noche su motocicleta perdió velocidad y se notaron en ella los síntomas del sueño, los síntomas del corazón que se para.
Gustavo se sintió feliz porque estaba cerca de un pueblo iluminado como por luces de espejo. Un pueblo que lanzaba adioses en vez de bienvenidas y que con eso exageraba la ansiedad de entrar en él.
La motocicleta había disminuido su estertor como si su agonía fuese a terminar, y entonces Gustavo tuvo que ayudarse pedaleando.
El pueblo, que parecía próximo, como todos los pueblos con esa apariencia, era un pueblo lejano, al que le costó mucho trabajo llegar haciendo andar aquella especie de cocina económica de una gran pesadez.
Las casas tenían una inexpresión bajo la luz de la Luna que parecían haber fallecido. Realmente, lo que parecía luz de espejos era destello de los espejos, pues en vez de cristales tenían espejos todas las ventanas.
¡Qué fantástico cacareo el de los espejos! ¡Qué modo de tirar lunas a la Luna!
Gustavo bajó los ojos con el rubor del que no puede mirar demasiado a una cosa de brillos desordenados y subió a la ciudad de los «Espejuelos», como la bautizó en seguida.
Era sorprendente aquella ciudad de techumbres puntiagudas y de sombras tan silenciosas como nunca las había visto.
No había nadie en las calles, y aquella profusión de espejos en los balcones parecía dejar más solitarias las casas, pues así rechazaban toda intimidad, toda profundización, todo secreto. Allí dentro resultaba que no había sino una sombra atarugada y sin interés. "



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