El patriota (fragmento)Pearl S. Buck

El patriota (fragmento)

"Se movía pausadamente el barco entre las isletas verdes, abriéndose camino en medio de la cegadora luz del sol. El aire era tranquilo y templado, y al divisar las islas se veían barquitos pesqueros japoneses cuyas velas se perfilaban contra el azul del cielo. Sentado en una silla de cubierta, lo miraba todo sin querer pensar en nada. El único modo de soportar su desesperación era… no pensar.
A veces le asaltaba la idea de lo importante que hubiera sido poderle decir algo a En-lan…, pero pronto volvía a su pasividad. No había tenido posibilidad de decir nada a su amigo. Probablemente no viviría. Tampoco podía escribir a Peonía. Había desaparecido. Recordaba perfectamente la incrédula exclamación de su padre: «¡Desaparecida Peonía…!». Acudía nuevamente al deseo y la voluntad de no pensar.
Todo se desvaneció… todas las esperanzas que acariciaron juntos. Sentía agudos remordimientos al recordar la brigada. Seguramente habrían vuelto los obreros a la fábrica a trabajar como antes, en medio de su desesperanza. Puede que le creyeran un mentiroso que los había traicionado… Aunque también era posible que le supusieran muerto. Prefería esto último. Por su parte, no creía volver a verlos nunca.
Ocioso en la cubierta, sin ver más que el cielo y el agua, mirando a las lejanas islas pobladas de ensueño, llegó a no odiar a su padre. Comprendió que hubiera sido imposible su permanecía en Shanghai, en el caso, naturalmente, de que no le hubieran matado. Se habría visto obligado a volver a su vida de antes, sin planes, sin ilusiones: de las clases a su casa, a su abuela, al olor nauseabundo del opio… No, no hubiera podido soportarlo. Y sin Peonía… En su casa no habrían hecho ninguna indagación para descubrir su paradero. Su padre se habría limitado a decir: «¡Que se vaya bendita de Dios! Sólo es una criada. Tomaremos otra en su puesto».
Era imposible pensar en todo aquello. Cerró los ojos. Le escocían los párpados. Tenía el corazón destrozado. Son muchas las maneras de destrozar un corazón. Hay mil ejemplos de corazones destrozados por un amor; pero lo que realmente destrozaba un corazón era el ver desvanecido un sueño… fuese el que fuese.
Continuaba en aquel estado indiferente sin hacer nada por rehacerse. Oyó la voz de un marinero, voz que sonaba en el silencio como una música. Nada tenía explicación. Cerró los ojos. Sólo deseaba que pasasen las noches y los días sin ningún incidente.
Le hubiera gustado estar en el barco siempre, pero no podía ser. Pocos minutos tardarían en llegar al puerto de Nagasaki, hasta donde le servía el pasaje. Llevaba escritas las instrucciones de su padre y las releyó. Como nada le importaba, no tenía tampoco inconveniente alguno en seguirlas. Con su letra firme el padre había escrito que en el puerto encontraría cierta persona que le llevaría a casa de Muraki, el comerciante. «Muraki es un antiguo amigo mío y te tendrá en su casa. Le he pedido que te coloque en su negocio. Desde luego no tienes que vivir exclusivamente de lo que ganes. Me dirás lo que necesitas una vez que gastes lo que llevas. Pero sí quiero que trabajes y cuando me parezca que puedes hacerlo con seguridad, volverás». "



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