El libro de Emma (fragmento)Marie-Célie Agnant

El libro de Emma (fragmento)

"Durante toda mi infancia, cuenta Emma, mi odio hacia tía Grazie sólo puede compararse al amor sin límites que siento por Fifie. Mellizas, según el día y el ángulo bajo el que se las contempla, sus rasgos parecen los mismos, son igual de altas y la mayoría de la gente dice que las confunde. Yo las reconozco por su porte. Fifie tiene andares de reina. Igual que sus silencios, su belleza es eterna. Y Grazie, con su pinta de garduña, su rostro delgado y ajado —parece que me asemejo a ella, añade Emma, que ríe entrecortadamente con inmenso placer—, ya ha enterrado los últimos restos de finura y de gracia que son los mejores adornos de una mujer. Más que otra cosa, es su perfume lo que las distingue, su olor. El de Fifie, suave y embriagador, me aturde y me produce pálpitos en las sienes, en tanto que el que emana de la falda de tía Grazie huele a rancio, a ropa mojada, a armarios húmedos y produce náuseas. Ninguna ha querido jamás alejarse de la otra. Eso es lo que sostiene tía Grazie. Pero la verdad es que Fifie se ha ocupado siempre de dar vida a su melliza, que no sabe más que andar de cháchara, ir de patio en patio y por las galerías de los vecinos, al acecho del último chisme. Es lo único que la he visto hacer durante toda mi niñez. Mi primera infancia transcurre en estado salvaje, en Grand-Lagon, entre Fifie y Grazie. Voy y vengo, libre como el viento, sin conocer las cortapisas de la ternura maternal, ni las molestias de la amistad, porque también los niños están sobre aviso: «¡Escapemos! ¡Es la que, en el vientre de su madre, succionó el alma de sus hermanas! Mirad sus labios, son ventosas. Puede aspirar de una vez toda la sangre de una persona, beberse toda la savia de un árbol, vaciar a un hombre de toda el agua que contiene. ¡No hay que dirigirle la palabra!». Pero yo sé hablarle al viento. He aprendido a descifrar tantos lenguajes distintos, el de las termitas y el de los cangrejos de río, por ejemplo. Igual que ellos, he decidido, desde mis primeros pasos por las dunas de arena y por los manglares que se encuentran, lejos, tras los cerros que rodean Grand-Lagon, que siempre mantendría la cabeza alta, incluso bajo tierra. El día en que tomé tal decisión, radiante de orgullo, le hablé de ella a Tonnerre. Me miró con sus ojos de perro, llenos de ternura. ¿De qué sirve ser cangrejo de pie en un país arrodillado? parecía decir. Sí, dime, ¿de qué puede servir? Luego se tumbó tapándose el hocico con una pata. Los primeros años de mi infancia, los pasé, igualmente, espiando, en todos los rincones y recovecos de la casa, la silueta esbelta de Fifie, la mujer más hermosa de Grand-Lagon. Inventé una manera de acurrucarme en los lugares más sombríos y reducidos: las rodillas metidas en el cuello, el cuello en los hombros, las piernas ocultas en el pecho, el pecho en la espalda y la espalda en el tabique. Desde ahí, observo todo a mis anchas. Como un cangrejo al acecho, escruto incansablemente los labios de Fifie, en pos de una palabra. Acoso su mirada siempre lejana, sus manos que me huyen sin cesar. En ocasiones me arriesgo, repto hasta la silla donde Fifie se sienta. No me atrevo a tocarla, por miedo a que se ponga a gritar. La observo. "


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