El corazón de la jungla (fragmento)Ann Patchett

El corazón de la jungla (fragmento)

"Entonces fue como si la doctora Swenson se hubiera desvanecido del barco, tan seguro como cuando Easter había desaparecido de la embarcación cuando se zambulló en el agua. Marina observó la hamaca hasta que el movimiento fue rítmico. Era un truco de magia: consistía en envolverla en una manta y hacerla desaparecer. La quietud que ahora la rodeaba era sutil y la envolvía con múltiples matices: al principio Marina solamente oía silencio, ausencia de voces humanas, pero en cuanto se acostumbró, los demás sonidos empezaron a brotar: el zumbido de la selva profunda, el graznido que procedía de las copas de los árboles, el parloteo de los primates menos desarrollados, el incesante serrar de la vida de los insectos. No era tan distinto a la obertura de una ópera, en la que un oyente bien entrenado podría distinguir los flautines, la suave trompeta, la viola única y sentimental. Salió de la protección de la sombra y miró hacia el sol. Su reloj decía que eran las dos del mediodía. Easter estaba sentado en la cubierta frente a una de las muchas cajas que componían sus muebles, con un bolígrafo en la mano derecha. Marina tocó la hamaca vacía y luego le señaló. Cruzó los brazos y puso la cabeza encima de ellos.
Easter sacudió la cabeza, la señaló a ella y luego a la hamaca. Cerró los ojos y dejó caer la barbilla. Cuando Marina se quedó de pie mirándole volvió a señalarla, esta vez con el bolígrafo, para hacer hincapié en lo que quería decir. Se suponía que tenía que estirarse en la hamaca y punto.
No era mala idea. Estaba cansada. Aun así, sentía como si fuera importante garantizar una cierta vigilancia. ¿Acaso alguien no tenía que quedarse despierto para observar la jungla? ¿No necesitaban asegurarse de que el niño no se caía por la borda?
Easter se levantó y extendió la tela con ambas manos, sosteniéndola abierta para ella como si fuera un sobre y asintiendo instructivamente, como si la operación fuera demasiado complicada para ella. Así que era él quien se quedaría montando guardia, vigilando la jungla. Él se preocuparía de que Marina no se cayera al agua. Obedientemente, se sentó, se echó y cuando estuvo estirada, Easter le puso la mano en la frente y la dejó allí como si fuera una niña enferma. Él le sonrió, y al devolverle la sonrisa Marina cerró los ojos. Estaba en un barco en Brasil. Estaba en el Amazonas echando una siesta con la doctora Swenson.
De niña siempre había tenido imaginación, aunque la había destrozado sistemáticamente durante años a fuerza de estudiar química inorgánica y lípidos. Eran tiempos en los que Marina depositaba su fe en los datos, y el mundo que le confiaban estaba a su alcance. Pero incluso con una imaginación magnífica y exuberante, jamás podría salir de la jungla. Notó algo deslizándose cerca de sus costillas —¿un insecto? ¿una gota de sudor?—. Se quedó quieta, mirando hacia arriba, contemplando el brillante día que se extendía frente a ella. El calor del mediodía la clavaba en la hamaca. Pensó en la facultad, en los vestíbulos iluminados por fluorescentes del primer hospital, el montón de manuales de texto con los que cargaba de casa a la biblioteca, y que le provocaban dolor de espalda. Si hubiera sabido que la doctora Swenson tomaba el último vuelo de Manaos después de la conferencia del jueves acerca del tejido endometrial, ¿habría deseado ir con ella? ¿Podía imaginarse en el Amazonas, al lado de su profesora, en una expedición que estaba forjándose en nombre de la ciencia? A la doctora Swenson no le había costado nada verse en el Amazonas con el doctor Rapp, cuando era una estudiante. ¿Acaso era impensable que ella fuera a lograr lo mismo? Marina trató de mover su cola a un lado para no tenerla debajo de la cabeza, y al hacerlo desató un suave balanceo en la hamaca. La respuesta era no. Marina había sido una muy buena estudiante, pero solamente levantaba la mano cuando estaba segura de la respuesta. Destacaba no sólo por sus repentinos estallidos de inspiración, sino también a causa de ser capaz de trabajar como un mulo de carga que ara los campos. En las escasas ocasiones en que la doctora Swenson se fijó en ella lo había aprobado, pero jamás había podido recordar el nombre de pila de Marina.
Cuando el balanceo se detuvo, Marina trató de volver a arrancarlo moviendo sus caderas de arriba abajo. En el interior de la hamaca había capas y capas de aromas: el de su propio sudor, que aún contenía rastros de jabón y champú; el de la propia hamaca, con una mezcla de olor a rocío y pan tostado con una pizca de soga; el olor del barco, gasolina y aceite; y el olor del mundo exterior, mientras el agua del río y la gran fábrica de hojas bombeaban oxígeno hasta la atmósfera, la infinita fotosíntesis de las plantas convertían sol en energía, aunque la fotosíntesis no olía a nada. Marina inhaló profundamente y el olor del aire la relajó. Combinados, todos esos elementos dispares se convertían en algo muy agradable. No se le habría ocurrido que podría suceder eso. "



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