El extranjero (fragmento)Dezso Kosztolányi

El extranjero (fragmento)

"De joven, pasé doce años en Argentina. Tenía que bregar relativamente poco. Buenos Aires es una ciudad encantadora, y la gente amable, cortés y buena. Había una sola cosa con la que tenía que luchar duramente: la lengua. En medio año llegué a chapurrear el español, en otro medio año ya era capaz de hablar y mantener una conversación. A menudo me sentía, sin embargo, inseguro. Seguía hablando con la cabeza, en vez de con los instintos. Al año siguiente logré obtener, sin duda, cierta autonomía. Tenía días excelentes cuando todo marchaba a las mil maravillas, pero también había días siniestros y malos. Conté mis penas a mis amigos. Me consolaron diciendo que sólo sabré español perfectamente cuando llegue a soñar en español. Al tercer año también sucedió eso. Imagínense, soñaba en español. Estaba sumamente contento. Escribía y leía con fluidez, mantenía correspondencia. Me empleaba una compañía de comercio, con buen salario. Mi lengua materna se hizo humo. Si de vez en cuando me llegaba a las manos algún diario de mi país, lo hojeaba y lo dejaba caer al suelo. No tenía ni un conocido húngaro. Sólo me trataba con españoles. Me casé con una mujer porteña. Me convertí en español de pies a cabeza. Así pasaron doce años. El destino quiso que antes de la guerra tuviera que regresar a casa. Me embarqué. En ese momento me asaltó cierta inquietud titubeante. De regreso a casa experimenté la misma lucha que había mantenido allí. ¿Qué les diré a los de mi país en la lengua que me había enseñado mi madre? Aún no me atrevía a resumir qué había olvidado y qué no. Al pisar suelo europeo mi inquietud aumentó. En Austria ya oía aquí y allá hablar húngaro. Lo recibí con los oídos y el alma abiertos de par en par. Sonaba como algo ajeno y anticuado, dulce y verdadero. Decidí hablar en el paso de frontera. Lo tenía todo planeado. Me apearía, entraría en el restaurante y me compraría un cigarrillo. Iba recogiendo las palabras que aún dormían intactas en el fondo de mi conciencia. Incluso llegué a formular la frase: “Déme un cigarrillo, por favor”. Por fin llegamos traqueteando. Todos hablaban en húngaro. En seguida me bajé saltando del coche, me dirigí corriendo hacia el restaurante para quebrar mi silencio de doce años, porque sólo en ese momento me enteré de que lo que había parloteado en una lengua extranjera no era sino silencio. Fruncí los labios pegándolos a la lengua, como los bebés listos para mamar. Repetí varias veces para mis adentros: “Déme un cigarrillo, por favor… Déme un cigarrillo, por favor…” Me acuerdo muy bien, había algún mozo que servía el vino esperando en la puerta del restaurante. Yo me acerqué a él, como quien se prepara para alguna prueba decisiva, con una terrible fiebre escénica. En ese momento ocurrió algo que hasta ahora no me he podido explicar. Lo miré, abrí la boca, y por recato o por miedo tartamudeé: ¡Ich bitte eine Zigarette! "


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