Donde la ciudad cambia su nombre (fragmento)Francisco Candel

Donde la ciudad cambia su nombre (fragmento)

"El Paco el Trapero era un tío linfático. Sentado en el carro parecía que iba sentado en un trono. La barriga, en esta postura, se le hacía gorda como a un buda. Con una varilla de hierro golpeaba el gong. El gong también era de hierro y colgaba de un lado del carro. En la parte de atrás, en una esquina, llevaba un palitroque enhiesto del que pendían unas sucias y viejas corbatas que revoloteaban al viento. Estas corbatas eran como su escudo o su emblema, la bandera de la profesión.
El Paco el Trapero, por no sabemos cuántos kilos de papel, te daba un orinal. O bien una docena de platos. O una fuente de loza. Dependía de los kilos, de las avenencias y de las alzas y bajas de los precios. También daba dinero, si lo preferías. El kilo de papel, tres reales. Seis, el trapo. A real las botellas; las de champaña a peseta. A tres duros el kilo de cobre. A dos el de metal. Según. Pesaba la mercancía con una romana. Una romana que hacía trampa; a su favor, claro.
El Paco Trapero iba por la calle Ulldecona o 7. Era marzo y hacía sol, buen sol, desde luego. Las vecinas lo tomaban. Llevaban críos en los brazos y los masturbaban. Así les da gusto y se duermen, decían, Otras se despiojaban, entre ellas. Los piojos los mataban en la acera con la uña. ¡Chac! Las más hacendosas cosían. Pocas. Todas comadreaban.
A la derecha de la calle Ulldecona si se va para el Paseo del Puerto Franco, a la izquierda si se viene de él, están las barracas de los gitanos. Antes, en esa margen, había huertos, y se veían los campos y la vía del tren, y los trenes con su humo, como de juguete, recortándose en el horizonte. Ahora todo el mundo ha edificado ahí. Los gitanos, sus casuchas; otros, un bar; otros, unas viviendas modositas; otros, unos pisos nuevos; el Gallardo, su Siete de Bastos. En lo que fueron campos de un payés llamado Carmelo, hay un abollado campo de fútbol y el cuartel de la Guardia Civil.
Las casuchas o barracas de los gitanos están ya cerca del Paseo del Puerto Franco, frente por frente de las calles 18, 19 y 20 (Forets, Riudoms, Tragurá).
Estos gitanos tal vez fueron nómadas alguna vez. Ahora son sedentarios. Sus barracas son de piedra y de barro, blanqueadas, tan bajas, que dentro de ellas no se puede estar de pie; tan pequeñas, que duermen hacinados. Guisan al aire libre, y comen todos en la misma olla, en cuclillas, formando corro, ahora metes la cuchara tú y ahora la meto yo. Los churumbeles pululan desnudos y descalzos, barrigones y pringosos. Un burro está atado al tronco de una acacia; por pesebre tiene la tapa de un baúl llena de hierba. Los gitanos viejos llevan grandes bigotes; los gitanos jóvenes, largas patillas y el pelo muy negro, muy reluciente, muy ondulado… Las gitanas llevan refajos y sayas, y van muy marranas.
El Francisco Candel dice, cuando algún amigo de Barcelona, de la ciudad, va por allí, o viene por aquí, según se mire, dice, señalando, cicerone y pedante, dice:
—Éstas son las Cuevas del Sacromonte, de Granada.
Yo no sé, nosotros no sabemos por qué el Francisco Candel dice esto, si él no ha estado nunca en Granada, ni sabe de qué va esto de las Cuevas del Sacromonte, y ni siquiera sabe seguro, seguro, si están en Granada. Habla por hablar. Por intuición. Si vale, vale; si no, también. Pavería y ganas de hacerse el interesante. "



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