El camarada (fragmento)Cesare Pavese

El camarada (fragmento)

"Era junio, y pensar en quienes estaban en la cárcel daba pena. ¿Por qué ellos y no nosotros? No sé por qué, me había convencido de que les pegaban por la noche. Podía irme por todas aquellas calles, pasar la noche con Gina, regresar a casa de madrugada, no conseguía quitarme de la cabeza a aquellos otros en prisión. Cuanto más fresco hacía y más gente alegre había por la calle —a lo largo del Tíber, en los jardines, delante de los cafés— tanto más sufría. Cuando daba una vuelta en bicicleta por la tarde me iba a las afueras, buscaba los barrios más alejados y tranquilos; no podía resistir en los cruces del centro donde hacía calor y había mucho ruido de automóviles y gente, y el asfalto estaba brillante y apestaba. La plaza Venecia estaba cerca, y sentía aquella peste y aquella voz. Se sentía mirando los edificios y los periódicos. La llevaban encima los transeúntes. Doblaba la esquina y aquellas callejas del centro eran letrinas. ¿Desde hacía cuánto tiempo meaban allí los romanos? Había pasado por la Lungara para ver la cárcel. Y también allí aquel olor que se cocía al sol.
Busqué a Giulianella en la trattoria pero no estaba. No sabía dónde vivía, ni quería saberlo. Encontré a Fabrizio que me dijo que era mejor esperar. Giulianella iba a la cárcel a llevar cosas, y seguro que la seguían. Era mejor no dejarse ver.
Todo esto quitaba las ganas de reír. No quedaba nadie. Salvo Gina y la Marina. Dejé de salir en bicicleta y permanecía en la tienda. Y, después de todo, la vieja Marina no fastidiaba. Ella atendía a las dos hijas de Dorina, con la abuela. También Gina había entendido que yo estaba hecho a mi manera, y dejaba que fuera y viniera y ella se ocupaba del negocio. No cambió nada en mis cuentas a porcentaje. Lo había intentado al día siguiente, me quería mantener. Pero lo hizo con tanta cortedad que me reí por una vez. "



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