El espíritu del páramo (fragmento)Luis Mateo Díez

El espíritu del páramo (fragmento)

"Don Sero repitió la pregunta y, como todavía nadie en la nave se había percatado de lo que sucedía, la repetición conmocionó a los invitados e hizo que un imprevisto murmullo segregara el estupor, como si uno de los candelabros del altar acabara de estrellarse en el suelo, cosa que por cierto sucedía en el momento en que la voz de Belsita decía un no como un latigazo y, ya ante el asombro y la consternación general, se daba media vuelta, recogía con un gesto imperativo la cola del traje de novia, después de deshacerse del velo, y bajaba decidida las gradas del altar para salir por el pasillo central con el paso más vivo que le permitían sus arreos, repitiendo que una y mil veces no, que no y que no.
—Mire usted… —dijo doña Fida, la mujer de Heleno Mera, un matrimonio tan íntimo de los padres del novio como de la novia y que precisamente habían casado a una hija la semana anterior, enterándose doña Fida en el mismísimo trance de la ceremonia, en el propio altar, de que su hija estaba embarazada porque, instantes antes de la Comunión, la requirió al oído para no tener que hacerlo en pecado mortal, reaccionando doña Fida con suficiente presencia de ánimo, pero sin poder evitar darle un golpe seco al novio, que perdió el equilibrio y rodó gradas abajo— en el fondo son chiquillerías, caprichos bobos de novios consentidos. Yo estoy convencida de que a la tercera va la vencida, del mismo modo que la semana pasada salí de la boda de mi hija, con ese desgraciado de Potro, con la convicción de que serán trillizos. Hay que tomarlo con calma, pero ya verán como la boda se celebra finalmente esta tarde aunque el banquete ya esté frío.
El desconcierto había llegado al límite y los invitados, por mucho que dijera doña Fida, ya no tenían recursos morales para alargar la espera, habida cuenta de que las negociaciones familiares, si se daba el caso, serían ya mucho más procelosas y complicadas. No había a mano ningún pariente de los novios, y sólo los deudos hacían corros discretos antes de dispersarse, porque, además, seguir a la expectativa ya parecía hasta de mal gusto. Don Sero había vuelto a salir de la Iglesia sin querer hablar con nadie y las gafas negras eran lo que mejor resumía el destino de la jornada. "



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