El Káiser y el prisionero (fragmento)Leonid Andreiev

El Káiser y el prisionero (fragmento)

"Llegaba a sus oídos, cada vez más amortiguado, el lejano tronar de los cañones, el cual acabó por no sonar más fuerte que el tictac de un reloj de péndulo; se volvió intermitente y cesó, al fin, del todo, como ahogado en el silencio mayestático y solemne de las luminosas visiones que cruzaban por aquel cerebro, con todo el esplendor de la belleza.
Pero un brusco escalofrío le sacudió luego el cuerpo. Silenciosas, pero con urgencia febril, cual impelidas de cálido huracán, aquellas luminosas visiones empezaban a temblar, a huir, a desbandarse y desvanecerse. Una tras otra, iban sumiéndose de nuevo en el reino misterioso de donde vinieran. Y el alma de Guillermo vino a sentirse envuelta en una inmensa paz de océano sereno y de cielo estrellado.
Y soñó que era medianoche y que él iba, sobre la plácida superficie marina, a bordo de uno de esos cruceros que, sorda y majestuosamente, surcan las aguas, mansas y profundas. Las cronométricas sacudidas de las máquinas, el rápido girar de la hélice, el hervor del oleaje en torno al casco, todo se fundía en Guillermo al ritmo del propio corazón, que a su vez se fusionaba con su propio aliento.
Ahora era él el hierro, el acero y los cañones de su navío; él, los hogares encendidos, las palancas colosales y el potente motor, y también la aguda proa que cortaba el agua, venciendo el espacio. Se identificaba con su crucero hasta formar con él un todo formidable; un solo cuerpo con una sola voluntad, orientada a un solo fin. En vez de corazón, sentía en su pecho una máquina poderosa de millones de caballos de fuerza, y sus costillares eran cuadernas de acero. Y se quedó dormido.
Pasaron tres, cinco minutos, en profundo silencio. Momento hubo en que el ruso cerró también los ojos, adoptó una postura más cómoda, como quien se dispone a dormir, y cruzó las piernas; pero el sueño huía de él como si no sintiese la menor fatiga. Y entonces, estirando el cuello, se puso a contemplar el inmóvil rostro del káiser; se quedó luego escuchando su respiración, regular y acompasada, y sonrió. "



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