Argos el ciego (fragmento)Gesualdo Bufalino

Argos el ciego (fragmento)

"Creedme, los amores no correspondidos son los más cómodos. Sin ninguno de los sabores a ceniza y vinagre que acompañan los efímeros acuerdos. Yo lo había aprendido en parte en los libros, y en parte me divertía persuadirme de ello, por reserva, misantropía, vanidosilla autosuficiencia. Así que nunca buscaba un buen encuentro, una intimidad, con la muchacha. «La amo, pero ella no tiene nada que ver, es algo que sólo me concierne a mí», había pensado en voz alta un domingo, mientras me afeitaba en el cuarto de baño, y la frase me había gustado, la había escrito con el dedo en el cristal empañado por el aliento, repitiéndomela gustosamente desde entonces, como un antídoto que me ayudara a salvarme de las víboras de los celos. ¿María Venera no sentía nada por mí? Tanto mejor: eso me procuraba una libertad sin límites, mis impulsos hacia ella eran exclusivamente míos, en la fantasía podía jugármela y ganarla a mi capricho. Haciendo trampas, si era necesario: es bien sabido que no hay placer más excepcional que hacer trampas en un solitario... Porque si luego me hubieran preguntado cuántas veces había intentado socavar su indiferencia, habría contestado con un encogimiento de hombros. O tal vez habría admitido que en cierta ocasión la había invitado a un vertiginoso Danubio azul, pero para pisar una y otra vez sus pies como un arado; y que en el ambigú, mientras sorbía un licor, le había balbuceado que sus cabellos eran hermosos, consiguiendo a cambio una irónica reverencia; y habría confesado tal vez que durante un mes la había esperado y seguido todas las noches para ocultarme después en un portal; y que, en suma, le había dedicado versos. Los recitaba lentamente, al oscurecer, antes de salir a la calle, mientras a través de los listones de la persiana me dedicaba a escrutar el Corso (lo llamaban el Salón, era un majestuoso río de losas entre dos lejanísimas aceras) en espera de que se encendieran las farolas municipales y comenzara, con los ritos de una noble Corte de Amor, el paseo público. Ya sabía, gracias al aviso de un misterioso despertador incrustado en la frente –el mismo que en los tiempos del instituto me hacía abrir los ojos a las siete menos un minuto–, a qué hora, y a la altura de qué escaparate, la encontraría y saludaría con los ojos, sonrojándome. Adivinaba qué traje vestiría: si el negro con los bordes y la solapita de encaje; si el negro con los bolsillitos debajo de la cintura; si el negro con perlitas, ceñido bajo el busto hasta estallar. Adivinarlo no era difícil. María Venera vestía siempre de negro, salvo en los días de gran gala, cuando la veíamos avanzar bajo las luces, enfajada en un plisado blanco, y también la cara emblanquecida por las mil esperas de vaya usted a saber qué cosas que le hinchaban el corazón. "


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