El csárdás mágico (fragmento)Jenö Kemechey

El csárdás mágico (fragmento)

"Alargaba el cuello; le brillaban los ojos y su cerebro se llenaba de una niebla roja, entre la cual, asomaban las facciones lindas de Regina Kohn, la moza a quien pertenecían sus pensamientos. ¡Ah, si él supiera cantar de aquel modo, Regina no podría resistirse y le abriría su ventana de visillo verde! Y el deseo de cantar apretaba su garganta, aunque no lo intentaba, seguro de su torpeza... Sin embargo, abría ya la boca por irresistible impulso, cuando tras un chasquido de dedos del tío Samu, los zíngaros iniciaron otra melodía más alegre Y el tío Samu se adelantó hasta el centro de la habitación, inclinó su sombrero sobre la oreja, puso la mano izquierda en la cadera y comenzó a bailar.
Para el que tiene temperamento no ofrece el csárdás1 dificultades. Cuando una muchacha bonita apoya su brazo en el hombro de un mozo, cuando su cabeza se inclina ante él, cuando el fuego de las dos miradas se reúne en una sola chispa y la sangre de ambos circula con el mismo ritmo, conmovido y placentero, entonces los bailadores se sienten como embrujados y sus pasos se cruzan armoniosos y hasta del movimiento de sus cabelleras se desprende una sensación de dulce belleza.
Pero plantarse solo delante de la orquesta con la cabeza calva calzado con botas de caza y espuelas, bailando de un modo que cada músculo vibre al son de la danza y que el sentimiento expresado por la música se vea reflejado hasta en la mirada, he ahí algo muy difícil, y eso es lo que hizo el tío Samu. El ir y venir de su cuerpo, el temblequeo de las espuelas, la inclinación del talle, todo se ajustaba al compás del baile, con movimientos llenos de poesía y de gracia, que eran una fiesta para el ejecutante y para el espectador.
El muchacho judío quedó estupefacto cuando vio al señor bailando tan prodigiosamente el andalgó, el palolás y el toborzó. Bailes que no son saltantes, ni de vueltas rápidas y pataleo, sino más bien como un paseo ejecutado con empaque altivo y soberbio, un paseo majestuoso, a derecha a izquierda, hacia adelante y hacia atrás, siguiendo con el busto, con la cabeza, con las miradas la dirección de los pasos, y dejando inmóviles solamente las manos.
Al terminar la primera parte el tío Samu señaló con la vista la entrada al cimbalero, y la música se hizo más cortada, los pasos más vivos y más rápido el tintinear de las espuelas. Slajmi se acerca, abate su cabeza y con el pensamiento comienza a bailar. De repente el tío Samu lanza un grito y llevando la mano derecha a la cabeza y poniendo la izquierda sobre la cadera, yergue toda su estatura y hace sonar las espuelas al compás de los instrumentos. Un temblor rítmico recorre todo su cuerpo robusto desde los hombros hasta la punta de los dedos de sus pies. Ya no cambia de sitio; pero en aquel estremecimiento está contenido todo el espíritu de la danza húngara. El tintineo de las espuelas se calma, la música se torna más dulce y, al fin cesa, a la vez que el baile.
El tío Samu se coloca silenciosamente al borde de la mesa; de tiempo en tiempo chasquea los dedos como si siguiera escuchando la música; después, acariciando la cabeza del lebrel, mira sin moverse a un punto del espacio, como enajenado ante un dulce y viejo recuerdo que entrase por su imaginación. "



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