El cuarto poder (fragmento)Emilio Rabasa

El cuarto poder (fragmento)

"La mañana estaba calurosa y húmeda. Una lluvia ligera que había caído al amanecer, dejando al sol libre, sin nube que le estorbara, engañaba a las plantas con un remedo de primavera y una atmósfera caliente. Sonaba en el patio el chorro del surtidor sobre el fondo agotado de la fuentecilla; la cotorra gritaba, repitiendo las palabras que le enseñaba su maestra; los chicos del agente metían bulla en el corredorcillo, y de vez en cuando se oía la voz cascada de la portera, en agrias disputas con la criada de Ferrusca, que se empeñaba en lavar trapos sucios junto a la fuente.
Salí al corredor, y absorto en mis pensamientos, apoyé los brazos sobre la barandilla. La de Torrubio había sacado al patio un asiento bajo, extendido una estera a sus pies, puesto a su lado una canasta llena de lienzos, y tarareando una cancioncilla amorosa cosía, reformando por vigésima vez su traje de gro negro. Torrubio había salido con el agente para asistir a un embargo, el sobrino despachaba a los parroquianos en la panadería, y Ferrusca asomaba con frecuencia por la puerta de su habitación para repartir sus miradas, poniéndolas un rato en la ventana y otro en la gorda Torrubio. Ella seguía tarareando su cancioncilla, con la voz fuerte de que alardeaba, aunque era bien desapacible.
Por primera vez quizá fijé mi atención en el rollizo cuerpo de aquella mujer, que se hinchaba cada vez que aspiraba aire para seguir cantando. La miraba yo atentamente, como si algo desconocido hasta entonces me revelara su falsa frescura de jamona, cuando Jacinta, que se entretenía en podar un rosal raquítico colocado en una maceta, tosió, advirtiéndome que estaba presente.
Me sentí avergonzado, como si me hubiera sorprendido en una mala acción, y obedeciendo al primer impulso entré en mi cuarto, como si quisiera ocultarme; pero no bien estuve en él sentí mayor vergüenza por haber huido, dando lugar a que Jacinta se imaginara quién sabe qué enredo. Busqué la manera natural de volver al corredor y hablar con ella cualquier cosa, y fraguando un pretexto salí, dirigiéndome a la maceta del rosal. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com