El club de los canallas (fragmento)Jonathan Coe

El club de los canallas (fragmento)

"Mi joven vástago Arthur Pusey-Hamilton Jr. es un chaval bastante sano que estudia tercer curso en el K.W. Se le empleó en esa representación en calidad de tramoyista, y fue una fuente de placer tanto para mí como para Gladys, mi adorada esposa, comprobar que se dedicaba a una vigorosa actividad extraescolar que podía «hacerle salir de su caparazón» (por emplear la vulgar expresión de su psicólogo infantil). Si bien, ni yo ni Gladys, mi adorada esposa, acabábamos de ver nada malo en las actividades a las que suele dedicar su tiempo libre (a Pusey-Hamilton Jr. le gusta quedarse sentado en su cama, a veces horas y horas, meciéndose adelante y atrás mientras contempla fijamente la pared de su dormitorio, que ha pintado de negro mate), juzgaron deseable, tanto el susodicho psicólogo como el equipo de asistentes sociales del ayuntamiento que recientemente han estado «mirando su caso» (por usar su propia jerga), que tal vez debiera socializarse un poco más con sus jóvenes compañeros.
A la luz de eso, accedimos con cierto entusiasmo a que asistiera a la pequeña y (quisimos imaginar) civilizada celebración que iba a tener lugar en el hogar de uno de los miembros del reparto tras la representación final. Evidentemente, eso significaba que Pusey-Hamilton Jr. permanecería levantado hasta mucho más tarde de su hora habitual de irse a la cama (las cinco y media de la tarde, a no ser que se esté emitiendo una edición especialmente instructiva de «Horizonte» o «Panorama»), pero ni yo ni Gladys, mi adorada esposa, hemos tenido nunca ninguna razón para ser «carcas», ¡y creemos firmemente que hay reglas que están hechas para ser saltadas! (Aunque no, claro, la regla que dictamina que ha de llevar las manos firmemente esposadas a la espalda siempre que esté en la cama o en la ducha. Eso sí que no).
Conforme a esto, eran bien pasadas las diez de la noche y la fiesta llevaba al menos un cuarto de hora en plena actividad cuando llegué al número 43 de Pickworth Road, B31, la noche en cuestión. No tuve dificultad en encontrar la casa, porque el primitivo e incesante martilleo de la así llamada música «reggae» resonaba por toda la calle para todo el mundo, como si los propios tímpanos de Satán estuvieran tocando a retreta en las fauces del Hades. Me preocupé inmediatamente por el efecto que aquella cacofonía infernal podría tener en la delicada sensibilidad de Pusey-Hamilton Jr., a quien por supuesto no le está permitido escuchar la así llamada música «pop» en casa, siendo de la opinión tanto yo como Gladys, mi adorada esposa, que una dieta habitual de buenos y antiguos clásicos ingleses como «El primer cuco de la primavera» de Delius es un repertorio muchísimo más saludable para un chaval de su edad; aunque tampoco somos reacios, de cuando en cuando, a que «se suelte el pelo» con algo más ligero al estilo de la Pompa y Circunstancia de Elgar. "



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