Azar (fragmento)Francisco Rodríguez Marín

Azar (fragmento)

"Llegó la temida hora de la separación luego que Santana obtuvo el título de bachiller, y, si doloroso fue para entrambos amantes el tener que renunciar á las sabrosas pláticas nocturnas, que se habían hecho frecuentísimas en el año último, ni al uno ni al otro —tan seguros estaban recíprocamente de su lealtad— asaltó temor alguno de que la ausencia fuese en este caso, como es en casi todos, madre del olvido. Ambos sabían que, según la seguidilla popular,
Ausencia es aire, que apaga el fuego chico y aviva el grande.
Se escribieron cada día, y con sus apasionadas cartas ocurrió á menudo una cosa muy de notar: el coincidir nuestros enamorados, al escribirse simultáneamente, no ya en los tópicos usuales de tal linaje de correspondencia, que en esto nada habría de peregrino, sino en las particularidades más extrañas; verdadero fenómeno telepático, de que Mariflor se admiraba mucho. Santana, al explicárselo en una de sus epístolas, le transcribió aquellos versos de la comedia intitulada Los empeños de un engaño, del mejicano Ruiz de Alarcón:
Si tocas de un instrumento
sola una cuerda, verás
que están mudas las demás,
si es disonante su acento;
Mas si alguna está en distancia
y en consonancia debida,
suena sin tocarla, herida
sólo de la consonancia
de aquella que se tocó...
Y esto mismo sucedía á aquellas dos almas, templadas al unísono.
Así iban las cosas, cuando, apenas transcurridos dos años de esta ausencia, sólo interrumpida durante la breve temporada de vacaciones correspondiente al primero, se eclipsó de todo en todo la buena estrella de los amantes. Murió de súbito el anciano Conde, apresuró su regreso con este motivo don Fernando de Sepúlveda, padre de Mariflor, y como, apenas pasados quince días desde su llegada, se percatase, por tal cual maligna referencia, de las relaciones amorosas de su hija, se resolvió á hospedarla en la clausura de un convento de monjas, á pretexto de completar en él su educación, que decía haber hallado algo descuidada, á causa del demasiado mimo del abuelo. De todas estas funestísimas novedades se iba enterando Santana de día en día por las cartas de la infeliz Mariflor, medio borradas por su llanto. Por consejo del ausente, ella acudió al buenísimo de don Andrés para que interpusiera su influjo en pro de aquel amor, antes tan dichoso y ahora tan desdichado. Y ¿por qué no hablar á cortinas descorridas? ¿No era Santana un sujeto muy estimable por su talento y sus virtudes? ¿No se sabía que la anciana marquesa, su protectora, le dejaba en el testamento la tercera parte de su pingüe caudal, por donde había de ser mucho más rico que Mariflor?
Don Andrés se prestó á dar aquel paso que le encomendaban, pero nada logró. Antes bien, en la larga conferencia que celebró con don Fernando supo que el mal de los dos amantes era aún mayor de lo que ellos imaginaban: Sepúlveda tenía novio para su hija, y con él se proponía casarla después que pasara uno ó dos años en el convento. En balde don Andrés, juicioso y experimentado, probó á tocar los resortes á que obedece todo corazón: don Fernando carecía de ese órgano. Sólo así pudiera ver impasible el acerbo llanto y la dolorosa angustia de su hija. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com