El paraíso de las damas (fragmento)Emile Zola

El paraíso de las damas (fragmento)

"Ahora Denise tenía pan a diario y sentía un hondo agradeci­miento hacia el viejo comerciante, cuyo buen corazón intuía tras aquellas airadas excentricidades. No obstante, anhelaba ardientemente encontrar otro trabajo, pues se daba cuenta de que se inventaba las tareas menudas que le encomendaba, de que el negocio se desmoronaba y Bourras no necesitaba opera­ria alguna, de que la empleaba por pura caridad. Habían trans­currido seis meses; la temporada baja de invierno acababa de empezar. Denise había perdido ya toda esperanza de poder colocarse antes de marzo, cuando, una tarde de enero, Delo­che, que la estaba acechando en un portal, le dio un consejo. ¿Por qué no se presentaba en el establecimiento de Robineau, donde quizá necesitasen gente?
En septiembre, Robineau se había decidido a comprar los fondos de Vinçard, aunque con el temor de estar arriesgando los sesenta mil francos de su mujer. El traspaso de la sedería le había costado cuarenta mil francos y contaba, para empezar el negocio, con los veinte mil restantes. No era mucho, pero lo respaldaba Gaujean, que iba a ayudarlo con créditos a largo plazo. Tras haber roto con El Paraíso de las Damas, la ilusión de éste era crearle competidores al coloso; estaba convencido de que era posible vencerlo abriendo en la vecindad comercios especializados que ofrecieran a las clientes una amplísima variedad de artículos. Los únicos que podían aceptar las exigencias de los grandes almacenes eran los fabricantes acauda­lados de Lyón, como Dumonteuil, que se conformaban con mantener en funcionamiento los telares gracias a aquellos encargos, aunque tuvieran que buscar, luego, los beneficios aceptando los de casas de menor envergadura. Pero Gaujean no tenía, ni con mucho, la solidez de Dumonteuil. Durante mucho tiempo había ejercido como simple comisionista; ape­nas si hacía cinco o seis años que tenía sus propios telares y, aun así, seguía empleando a muchos destajistas, a quienes proporcionaba la materia prima y pagaba por metros. Era precisamente aquel sistema el que aumentaba los costes de producción y le impedía competir con Dumonteuil en la fabri­cación de la París-Paraíso. De ahí el rencor que lo incitaba a buscar en Robineau el arma con que dar la batalla decisiva contra aquellos bazares de novedades, a los que acusaba de arruinar la producción francesa.
Cuando Denise se presentó en la tienda, sólo encontró en ella a la señora Robineau. Esta, que era hija de un sobrestante e ignoraba todo lo referente al comercio, conservaba aún una deliciosa cortedad de interna educada en un convento de Blois. Era muy morena y muy bonita y tenía una dulzura risueña que le confería gran encanto. Por lo demás, adoraba a su marido y aquel amor era lo único que necesitaba para vivir. Denise se disponía a dejarle su nombre cuando regresó Robineau, que la tomó al instante, pues precisamente el día anterior una de sus dos dependientas se había despedido para entrar en El Paraíso de las Damas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com