Antígona (fragmento) Sófocles

Antígona (fragmento)

"CORIFEO. Señor, es natural que, si dice algo oportuno, te dejes enseñar por él, y que tú hagas otro tanto. Por ambas partes se ha hablado con razón.
CREONTE. ¿A nuestros años vamos a recibir lecciones de cordura de un mozalbete de su edad?
HEMÓN. En ellas nada hay que sea injusto. Y si soy joven, no conviene atender más a los años que a las acciones.
CREONTE. ¿Es una buena acción, acaso, tener clemencia con los sediciosos?
HEMÓN. No te exhortaría yo a tener escrúpulos de conciencia con los malvados.
CREONTE. ¿No está ésa infectada de semejante peste?
HEMÓN. No lo afirma así la muchedumbre de sus conciudadanos de Tebas.
CREONTE. ¿Nos va a decir la ciudad lo que debemos ordenar?
HEMÓN. ¿No ves que eso, en el tono en que lo has dicho, es juvenil en exceso?
CREONTE. ¿Para quién, sino para mí mismo, debo gobernar esta tierra?
HEMÓN. No hay ciudad que sea de un solo hombre.
CREONTE. ¿No se estima que la ciudad es de quien tiene el poder?
HEMÓN. Solo, podrías mandar bien en una ciudad desierta.
CREONTE. Éste, al parecer, defiende la causa de la mujer.
HEMÓN. Si es que tú eres mujer, pues es de ti de quien me cuido.
CREONTE. ¡Canalla redomado! ¿Entras en litigio con tu padre?
HEMÓN. Porque veo que estás errando en contra del derecho.
CREONTE. ¿Estoy errando al velar por el prestigio de mi autoridad?
HEMÓN. Por su prestigio no velas, al menos pisoteando los honores de los dioses.
CREONTE. ¡Ah! ¡Naturaleza impura que se deja dominar por una mujer!
HEMÓN. No podrías ciertamente sorprenderme dominado por pasiones vergonzosas.
CREONTE. Todas tus palabras van en defensa de aquélla.
HEMÓN. Y en la tuya, y en la mía, y en la de los dioses infernales.
CREONTE. A ésa es imposible ya que la desposes viva.
HEMÓN. Ésa, entonces, morirá, y con su muerte habrá de causar la perdición de alguien.
CREONTE. ¿Recurres a las amenazas con semejante atrevimiento?
HEMÓN. ¿Qué amenaza hay en hablar contra una determinación irreflexiva?
CREONTE. Lágrimas te van a costar tus lecciones de cordura, cuando careces de ella en absoluto.
HEMÓN. Si no fueras mi padre, diría que no estás en tu sano juicio.
CREONTE. Esclavo de una mujer, no me aburras con tu charla.
HEMÓN. ¿Quieres hablar y no escuchar nada cuando hablas?
CREONTE. ¿De verdad? ¡Por el Olimpo!, sábelo bien, no te alegrarás de denostarme con tus vituperios. (A un servidor). Traed ese aborrecido engendro, para que muera al punto en presencia y ante los ojos de su prometido.
HEMÓN. No, por cierto, no lo pienses ni por un momento: ni ella habrá de morir junto a mí ni tú podrás dirigirme a la cara la mirada con tus ojos. Sigue con tu locura en compañía de los amigos que se avengan a ello. "



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