Abaddon el exterminador (fragmento)Ernesto Sábato

Abaddon el exterminador (fragmento)

"El Inti Peredo. Había oído hablar de él? No... bueno, sí... Le daba vergüenza confesarle que había visto su libro de memorias en una librería, le parecía injusto hablar de librerías delante de alguien como Palito, que casi era analfabeto, pero que en cambio había estado y sufrido allá, en el infierno. Era un gran tipo el Inti, le dijo, el Che lo quería mucho, aunque era difícil saber cuándo el Che quería mucho a alguien, aunque a veces ellos se daban cuenta. Un día, debajo de un árbol, descansaba o más bien pensaba. El mes de agosto había sido bravo, pasaron mucha hambre y sed, algunos compañeros tomaron la orina, aunque el Comandante se los había advertido, trajo trastornos, claro. Para colmo el Moro, que era el único médico, había empezado con su lumbago, tenía dolores insoportables en la marcha, y curar qué iba a curar. Estaba cundiendo el desaliento y hasta el miedo. El caso de Camba, por ejemplo. Alrededor del fogón el Che les habló esa noche con voz tranquila pero grave. Eso era para graduarse de hombres, dijo. Y el que no se sintiera capaz debía dejar la lucha en ese mismo momento. Pero los que se quedaron sintieron que su amor y su admiración por el Comandante se hacía más y más grande, y se comprometieron a vencer o morir. Eran momentos muy difíciles porque todo el grupo de Joaquín había caído en una emboscada, en el vado del río Yeso, el 31 de agosto, por la delación de un miserable llamado Honorato Rojas, un campesino. Honorato no venía de honor? Sí, venía de honor.
Bueno, el ejército esperó hasta que ese miserable los llevara a la trampa, y cuando estaban vadeando el río los asesinaron por la espalda, y allí murieron muchos y entre ellos Tania, una chica muy valiente, y sólo quedaron 22 hombres. Algunos, como el Moro, en muy malas condiciones, y otros, había que decirlo, aunque daba vergüenza, con miedo. Así que el Comandante reinició la educación todas las noches, con charlas y consejos, también con reprimendas paternales pero severas. Y una de esas noches lo vio solo, sentado en la raíz de un árbol, mirando el suelo. No sabía por qué tuvo el impulso de acercarse. Estaba pensando, le dijo el Che, como si se disculpara. Pensando en Celita, la hija que había dejado en Cuba.
El Palo volvió a callarse. Encendió otro cigarrillo y Marcelo veía en la oscuridad cómo el cigarrillo se avivaba en cada chupada de su compañero. "



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