Alves & Cª (fragmento)José María Eça de Queiroz

Alves & Cª (fragmento)

"La figura jadeante, el aspecto afligido de Godofredo, lo asustaron; dio media vuelta para subir de nuevo, abrió él mismo el pestillo de la cancela y le hizo pasar a un pequeño gabinete, donde había una estantería y una larga silla de mimbre con forma de cama de campaña. Al lado, alguien tocaba al piano un movimiento rápido de vals que hacía vibrar la casa.
Carvalho corrió la cortina, cerró la ventana y sólo después le preguntó qué pasaba. Godofredo dejó el sombrero en una esquina de la mesa, e inmediatamente se desahogó de un tirón.
Con las primeras palabras —sofá, brazo por la cintura— Carvalho, que se sacaba lentamente los guantes, se quedó petrificado en medio del gabinete, y cerró del todo la puerta, como si temiese que la historia de aquella traición esparciese un vaho indecente por la respetabilidad de su casa. Con la confusión con que Godofredo contaba su historia y la avidez con que el otro escuchaba, no se percibía bien quién era el hombre; Carvalho sólo comprendía que Machado estaba presente, y cuando descubrió que el hombre del sofá era el propio Machado, apretó las manos una contra otra con una exclamación de horror:
—¡Qué infamia!
—Un hombre que era como un hermano para mí —repetía Godofredo, bajando la voz y blandiendo los puños—. ¡Y me lo paga así! ¡No! Tiene que haber una muerte. Quiero un duelo a muerte…
Entonces el rostro barbado de Carvalho expresó una súbita inquietud. Ahora se daba cuenta: Godofredo no había ido allí sólo para desahogarse, ¡había ido a procurarse un testigo! Y se llevó un ligero susto de burócrata, le entró miedo a la ley, temor a comprometerse. Su egoísmo se revolvió frente a las cosas violentas y perturbadoras que presentía. Quiso quitar importancia, buscó explicaciones. En fin, si Godofredo no había visto nada más… si sólo estaban en la sala… Podía tratarse de un juego, una tontería…
Godofredo, febrilmente, rebuscaba en los bolsillos. El piano, dentro, producía ahora sonidos indecisos, como si los dedos tanteasen en busca de una melodía olvidada; de repente despuntó un fragmento de Rigoleto en un arranque triste y sollozante. Y Godofredo, que por fin había encontrado lo que buscaba, puso una carta de Ludovina ante los ojos de Carvalho. "



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