Contravida (fragmento)Augusto Roa Bastos

Contravida (fragmento)

"También los anchos pies palmípedos mostraban los dedos enjoyados de anillos baratos pero luminosos, lus­trados con saliva, operación a la que se dedicaba pro­lijamente a cada tanto en lucha contra el polvo tenaz.
—Yo soy de Encarnación pero viví mucho tiempo en Iturbe. Lindo pueblo, Iturbe. Trabajé de costurera y pan­talonera en Iturbe —dijo la mujer—. Yo cosí los prime­ros pantalones largos a los muchachos de aquella época. Ahora, si viven, tendrán la edad de este señor.
En mi interior agradecí a la soplona que omitiera el nombre de Manorá. No podía ignorarlo. Pero era un ho­menaje el que la voz indigna no mencionara el nombre de Manorá ni nombrara al maestro Gaspar Cristaldo, su fundador, el personaje más importante que vivió allí.
Era evidente que la soplona no conoció al maestro. O que lo negaba a propósito, a saber por qué motivo.
De uno de sus bolsos sacó una antigua foto y me la mostró con orgullo. Vi el pueblo, la fábrica y el río.
Del sobado mazo extrajo y exhibió otras fotos. En una de ellas —la emoción me ató un nudo en la garganta— vi a papá y mamá atendiendo a los heridos que volvían del frente después de tres años de guerra.
Los catres y camillas estaban esparcidos bajo los ár­boles, bajo una enorme bandera nacional.
Seguí contemplando las fotos.
La chimenea altísima rayaba las nubes sin echar gota de humo por la boca de bronce. El pararrayos ya estaba colocado y despedía chispitas verdes, amarillas y azules.
Un día a los doce años de edad, con la complicidad de los obreros foguistas, trepé en el interior de la chi­menea por la escalerilla en espiral. Casi no hubo necesi­dad. El poderoso tiraje me levantó en vilo, chupándome hacia lo alto hasta que el viento de las alturas me gol­peó la cara.
Abrazado al pararrayos, había visto el pueblo más pe­queño que en la foto. El pueblo más pequeño del mundo.
Vi el humo de las olerías. Como hileras de hormigas, las mujeres transportaban sobre sus cabezas inmensas cargas de ladrillos, recién moldeados, hacia los grandes hornos envueltos en llamas.
Vi una olería microscópica.
En el patio de casa, más pequeñas e insignificantes que dos hormiguitas blancas, mis hermanas amasaban el barro, llenaban los moldes y los tendían a secar en hileras bajo el sol de fuego.
Habían formado su cooperativa propia. Años después se les unió el hermano benjamín. Era un científico y un hombre de empresa. El negocio les iba bien. Padre cui­daba de que no se le subieran de nuevo al cadete los humos de su implacable y autoritario capataz. "



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